_24 Todos estos miembros del pueden ahora participar en la fiesta familiar de la Pascua, con el ánimo sereno tras lo que consideran una magnífica victoria. ¡Pero los acontecimientos no van a desarrollarse como ellos imaginaban!
_25 Desde aproximadamente el mediodía hasta las 15 h, hay tinieblas sobre la región de Jerusalén. San Mateo 27.45 ; Marcos 15.33 ; San Lucas 23.44.
_26 La muerte en la cruz tiene lugar el viernes 1 de abril del año 33, hacia las 15 h, según los Evangelios. Ocurre antes del final de esta noche extraordinaria. Los tres días y tres noches comienzan con esta noche, como lo establece el calendario judío.
Puede consultar la cronología completa en el estudio ANN026 : La hora de la crucifixión.
Comentario:
Los relatos de Mateo y de Marcos son muy cercanos y refieren sustancialmente los mismos acontecimientos (San Mateo 27.45-50; Marcos 15.33-37). Precisan, en particular, que Jesús acepta finalmente beber el vinagre que se le ofrece, aunque antes había rechazado la bebida mezclada con mirra destinada a mitigar el sufrimiento (San Mateo 27.34; Marcos 15.23). Juan, testigo directo de la escena, confirma también este detalle en su propio relato (Juan 19.28-30).
Lucas relata un testimonio globalmente conforme, poniendo el acento en ciertos elementos particulares. Cita otra palabra pronunciada por Jesús en el momento de su muerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (San Lucas 23.46). Destaca también la reacción del romano que, conmovido por los acontecimientos, reconoce la inocencia del crucificado: «Verdaderamente este hombre era justo» (San Lucas 23.47). Por último, Lucas añade que varios espectadores se marchan golpeándose el pecho, señal de pesar, de temor o de arrepentimiento (San Lucas 23.48).
Como suele ocurrir, es Juan quien aporta informaciones complementarias que los otros evangelistas pasan por alto. Su relato permite comprender mejor los acontecimientos que siguen inmediatamente a la muerte del Mesías Jesús.
Las autoridades religiosas judías quieren, en efecto, que los cuerpos no permanezcan expuestos en las cruces después de la puesta del sol. La fiesta que comienza esa tarde reviste un carácter particularmente solemne, pues el que sigue a la Pascua es calificado de «gran día» (Juan 19.31). Conforme a las prescripciones de la Ley (Deuteronomio 21.22-23), piden, por tanto, a Pilato que los condenados sean rematados con rapidez y que sus cuerpos sean retirados antes del comienzo de la fiesta.
Para acelerar su muerte, los soldados quiebran las piernas de los dos bandidos crucificados con Jesús (Juan 19.32). Esta práctica impedía a los condenados apoyarse para respirar y provocaba rápidamente la asfixia.
Sin embargo, cuando llegan junto a Jesús, comprueban con sorpresa que ya está muerto (Juan 19.33). No es, pues, necesario quebrarle las piernas. Para asegurarse de la realidad de su muerte, uno de los soldados le atraviesa, no obstante, el costado con una lanza, y de allí sale enseguida sangre y agua (Juan 19.34).
Juan concede una importancia particular a este detalle, pues ve en él el cumplimiento de varias profecías. Por una parte, ningún hueso del Mesías es quebrado, conforme a las prescripciones relativas al cordero pascual (Exodo 12.46; Números 9.12). Por otra parte, la lanzada recuerda la profecía de Zacarías: «Mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zacarías 12.10; Juan 19.37).
Juan insiste, además, en el valor de su testimonio. Presente al pie de la cruz (Juan 19.25-27), relata lo que vio personalmente y afirma la veracidad de su relato (Juan 19.35). Esta escena dramática quedará grabada en su memoria hasta el final de su vida.
A diferencia de los otros evangelistas, no vuelve sobre las tinieblas que cubrieron el país durante varias horas. Su objetivo es otro: desea completar los relatos ya conocidos aportando detalles que juzga esenciales para la comprensión de los acontecimientos.
Según nuestra hipótesis, Jesús entrega su espíritu durante esta oscuridad sobrenatural o inmediatamente al terminar. Los testigos presentes disponen entonces de pocos elementos visuales para constatar lo que acaba de ocurrir, pues el país sigue sumido en las tinieblas (San Mateo 27.45; Marcos 15.33; San Lucas 23.44-45).
Cuando la luz reaparece poco a poco, los observadores no pueden sino constatar la realidad: el Mesías Jesús ha muerto. Aquel que había anunciado su propia muerte y su resurrección acaba de consumar su sacrificio. El silencio sucede entonces a los gritos, mientras comienzan los acontecimientos que conducirán a su sepultura.