Examinamos el sermón del monte, dividido en 21 secciones.
El versículo de San Mateo 7.12 se conoce comúnmente como la regla de oro (San Lucas 6.31 ; Gálatas 5.14).
El concepto es sencillo: lo que esperamos de los demás, primero deberíamos hacerlo nosotros por ellos.
Jesús el Mesías precisa que esto constituye la esencia de la ley y los profetas, pero está claro que es un camino difícil de recorrer, pues la naturaleza humana se opone a él de manera fundamental.
Así pues, parece necesaria una transformación previa para emprender este camino, y este objetivo sigue siendo inaccesible para quienes no han sido regenerados por el Espíritu Santo.
Por eso afirmamos que estas palabras se dirigen principalmente a los discípulos y los invitan a adoptar este concepto.
Es evidente que estas palabras conciernen a todos los seres humanos, pero también revelan que antes es indispensable un cambio profundo. En efecto, lo ambicioso de este objetivo podría desanimar fácilmente a quienes aún no han pasado por esta etapa de transformación.
Observamos que el discípulo ya no está solo en su vida, pues Dios se convierte en su apoyo. En Juan 6.60 se menciona a discípulos que no pudieron seguir los preceptos exigidos por Jesús el Mesías. De ello se desprende que estas personas se apoyaban principalmente en sus propias fuerzas en vez de confiar en Dios. Por consiguiente, se desanimaron y abandonaron su camino con el Maestro.
Lucas aborda el mismo tema, que en realidad se aplica a todos los seres humanos, además de al pueblo judío, y muy especialmente a los discípulos.
A primera vista, muchos aspectos del sermón del monte predicado por Jesús el Mesías pueden parecer utópicos, e incluso inalcanzables. Esta observación revela que el ser humano, en su naturaleza sin Dios, está fundamentalmente alejado de estos principios. Por consiguiente, queda claro que es necesaria una transformación espiritual para adoptar estas enseñanzas. De ahí la importancia decisiva de la ayuda divina.