El estudio de los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles permite constatar que los testigos de Jesús se enfrentaron muy pronto a la realidad de la persecución. Esta situación ejerció probablemente una influencia decisiva en el nacimiento de los primeros escritos cristianos. Si esta relación de causa y efecto nunca se formula explícitamente en el Nuevo Testamento, varios indicios históricos y literarios permiten pensar que los apóstoles tomaron conciencia muy pronto de la necesidad de preservar su testimonio antes de que desapareciera con ellos.
Desde los primeros días de la Iglesia, los apóstoles manifiestan una notable lucidez. La desaparición de Judas Iscariote no los lleva a adoptar una actitud fatalista. Al contrario, consideran indispensable mantener intacto el colegio apostólico y eligen a Matías para que llegue a ser, con ellos, «testigo de su resurrección» (Hechos 1.22). Esta decisión revela una preocupación fundamental: asegurar la continuidad y la preservación del testimonio confiado a los Doce.
Los acontecimientos que siguen no podían sino reforzar esta toma de conciencia. Pedro y Juan son arrestados una primera vez y llevados ante el (Hechos 4.1-3). Poco después, el conjunto de los Doce es a su vez encarcelado (Hechos 5.17-18). Los apóstoles son azotados y amenazados de muerte (Hechos 5.40). Descubren entonces que su ministerio los expone directamente a la violencia de las autoridades religiosas.
La muerte de Esteban constituye una nueva etapa. Por primera vez, un miembro eminente de la Iglesia es ejecutado (Hechos 7.54-60). A esta tragedia sigue una gran persecución que dispersa a los creyentes fuera de Jerusalén (Hechos 8.1-4). Algunos años más tarde, Santiago, hijo de Zebedeo, se convierte en el primero de los Doce en sufrir el martirio por orden de Herodes Agripa I (Hechos 12.1-2). El propio Pedro escapa por poco a una ejecución que parecía ya decidida (Hechos 12.3-11).
Estos acontecimientos debieron de producir sin duda un profundo efecto en los apóstoles. Comprendían ahora que su desaparición no era una simple eventualidad lejana, sino una amenaza muy real. El propio Jesús les había advertido:
«Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Juan 15.20).
El Señor les había anunciado también que algunos de ellos serían condenados a muerte (San Mateo 10.16-23; Juan 16.2). Los discípulos sabían, pues, que su testimonio oral no sería .
Ahora bien, su misión esencial no era construir una institución, sino ser testigos de los acontecimientos que habían visto y oído (Hechos 1.8). Eran los depositarios de una memoria única, la de las palabras, los milagros, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Si estos testigos llegaban a desaparecer, existía el riesgo de que su testimonio se alterara o se perdiera.
En estas condiciones, parece difícil imaginar que los apóstoles hayan esperado varias décadas antes de pensar en fijar por escrito lo que transmitían oralmente. Tal actitud habría sido contraria al pragmatismo que ya habían demostrado en la sustitución de Judas. Del mismo modo que habían asegurado la continuidad del testimonio apostólico mediante el nombramiento de Matías, probablemente procuraron preservar ese mismo testimonio confiándolo a la escritura.
Entre los Doce, Mateo aparece como el candidato más natural para llevar a cabo semejante tarea. Antiguo publicano (San Mateo 9.9), poseía verosímilmente una formación administrativa y una práctica regular de la escritura. Su oficio implicaba llevar cuentas, redactar documentos y cierto dominio de las lenguas empleadas en la Palestina del siglo I. En cambio, varios apóstoles procedían del medio de los pescadores galileos y eran considerados por las autoridades como hombres «sin letras» (Hechos 4.13), lo cual no significa que fueran analfabetos, sino que no habían recibido la formación de los escribas y los rabinos.
Es, pues, perfectamente concebible que Mateo haya desempeñado el papel de redactor o de secretario del grupo apostólico. Desde esta perspectiva, la redacción de un testimonio primitivo no sería la obra aislada de un individuo, sino el fruto de una iniciativa colectiva destinada a preservar la memoria de los testigos oculares.
Esta hipótesis encuentra un eco notable en los testimonios de los primeros autores cristianos. A comienzos del siglo II, Papías refiere:
«Mateo reunió las palabras del Señor en lengua hebrea, y cada uno las interpretó como pudo.»
Esta afirmación parece referirse a un documento antiguo redactado en una lengua semítica y destinado a conservar las enseñanzas de Jesús. Más tarde, Ireneo de Lyon afirma que Mateo publicó su Evangelio cuando Pedro y Pablo vivían aún. La antigua tradición de la Iglesia ha asociado, pues, constantemente a Mateo con una redacción particularmente temprana.
El prólogo de Lucas aporta otro indicio importante. Al dirigirse a Teófilo, el evangelista declara:
«Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros» (San Lucas 1.1).
Esta observación muestra que, incluso antes de la redacción de su propia obra, circulaban ya varios relatos escritos en las Iglesias. La existencia de escritos anteriores muy antiguos era, pues, conocida por Lucas y considerada perfectamente natural.
La destrucción de Jerusalén en el año 70 constituye también un argumento a menudo invocado. Aunque Jesús anuncia la ruina del Templo (San Mateo 24.1-2), el Evangelio de Mateo nunca alude explícitamente al cumplimiento de esta profecía. Un autor que escribiera después de una catástrofe tan considerable habría sentido probablemente la tentación de subrayar su cumplimiento. Este silencio puede interpretarse como un indicio en favor de una redacción anterior.
Así pues, los arrestos repetidos de los apóstoles, el martirio de Esteban, la dispersión de los creyentes, la muerte de Santiago y las amenazas que pesaban constantemente sobre los testigos de Jesús contribuyeron probablemente a que surgiera muy pronto la necesidad de preservar su testimonio. La aparición de los primeros escritos cristianos no sería, por tanto, el resultado de una evolución tardía, sino la consecuencia natural de una situación histórica en la que la desaparición de los testigos se convertía en una posibilidad cada vez más real.
Desde esta perspectiva, una aparece no como una hipótesis marginal, sino como una respuesta pragmática de los apóstoles a los peligros a los que se enfrentaban. Conscientes de su fragilidad y de la brevedad de su existencia, habrían procurado asegurar la transmisión fiel de su testimonio para que las generaciones futuras pudieran seguir conociendo con certeza los acontecimientos que habían marcado la historia de la salvación (San Lucas 1.1-4).