_3 La casa es, según nosotros, la de María, la madre de Juan, apodado Marcos. Hechos 12.12.
_4 La cena de Pascua comienza el jueves por la noche, después de las 18 h. Para los judíos ya es viernes (Marcos 14.17, San Mateo 26.20, San Lucas 22.14-18). Por tanto, no es el Séder oficial, que se celebrará el viernes por la noche Juan 18.28.
Puede consultar la cronología completa en el estudio ANN026 : La hora de la crucifixión.
Comentario:
1- La institución de la Santa Cena: un momento de inmensa trascendencia espiritual
La institución de la Santa Cena durante la comida de la Pascua reviste una inmensa trascendencia espiritual y teológica. El Mesías Jesús, en el momento preciso en que comparte esta última comida pascual con sus discípulos, confiere un sentido radicalmente nuevo a símbolos antiguos profundamente arraigados en la memoria de Israel. El pan sin levadura (matzá) y la copa de vino, elementos familiares y ritualmente prescritos de la comida pascual (Exodo 12.8 ; Exodo 12.14-20), se convierten ahora en los signos visibles y eficaces de su cuerpo entregado y de su sangre derramada para la salvación del mundo (San Mateo 26.26-28 ; Marcos 14.22-24 ; San Lucas 22.19-20).
Este gesto institucional se inscribe en la continuidad de la Pascua hebrea y, al mismo tiempo, la cumple de manera definitiva. El Mesías ya no conmemora solamente la salida de Egipto; inaugura una liberación nueva y definitiva, la del pecado y de la muerte (Romanos 6.22-23 ; Hebreos 9.12).
2- La reinterpretación cristológica del cordero pascual
El Mesías Jesús ya no interpreta el cordero pascual como el simple recuerdo de una liberación histórica pasada, sino como el anuncio profético y el cumplimiento de una liberación espiritual definitiva. Por su muerte inminente en la cruz, trae el perdón de los pecados y sella una alianza nueva entre Dios y la humanidad, conforme a la promesa profética: «He aquí que vienen días, dice el , en los cuales haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto» (Jeremías 31.31-34 ; Hebreos 8.8-12).
Esta nueva alianza, a diferencia de la antigua grabada en tablas de piedra, será escrita en los corazones por el Espíritu Santo (Ezequiel 36.26-27 ; 2 Corintios 3.3). No se apoya en la sangre de toros y machos cabríos, incapaz de quitar verdaderamente los pecados (Hebreos 10.4), sino en la preciosa sangre del Mesías, «cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1.18-19). Así se cumple la palabra de Juan el Bautista: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1.29).
3- El anuncio explícito de la muerte del Mesías
Esta escena debería haber dejado las cosas perfectamente claras para los discípulos. El Mesías Jesús habla sin rodeos ni velo alegórico: «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (San Lucas 22.19); «Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para perdón de los pecados» (San Mateo 26.28). El vocabulario empleado —cuerpo entregado, sangre derramada— designa explícitamente una muerte violenta y sacrificial.
El carácter testamentario de estas palabras es manifiesto: el Mesías dispone de su cuerpo y de su sangre como un hombre dispone de sus bienes antes de morir. Instituye un memorial perpetuo (San Lucas 22.19 ; 1 Corintios 11.24-25) que supone su inminente ausencia física. Todo, en estos gestos y estas palabras, anuncia abiertamente su próxima muerte.
4- La incomprensión persistente de los discípulos
Sin embargo, a pesar de la claridad de estas palabras, los discípulos permanecen en una profunda incomprensión. Esta pasividad sorprende al lector moderno, en particular la de Simón Pedro, ese discípulo de temperamento tan impetuoso y pronto a reaccionar. Él, que se había opuesto con vigor a que el Maestro le lavara los pies —«¡No me lavarás los pies jamás!» (Juan 13.8)—, él, que más tarde desenvainaría la espada en el huerto de Getsemaní (Juan 18.10), no pronuncia una sola palabra cuando el Mesías anuncia tan explícitamente su muerte inminente.
Este silencio de los discípulos da testimonio de la profundidad de su ceguera espiritual. Sus corazones rechazan visceralmente la idea de que aquel a quien habían reconocido como el Mesías, el Hijo del Dios viviente (San Mateo 16.16), pudiera sufrir y morir de una muerte ignominiosa. Lucas había señalado explícitamente esta incomprensión: «Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía» (San Lucas 18.31-34).
5- El rechazo inconsciente de la perspectiva de la cruz
Estimamos que en ningún momento de esta comida los discípulos imaginaron verdaderamente una muerte que llegara tan rápida y tan cruelmente. Su esperanza mesiánica, alimentada por las expectativas populares de un reino glorioso y triunfante, constituía una pantalla psicológica que les impedía asimilar la perspectiva de la cruz (San Lucas 24.21 ; Hechos 1.6).
Si esta realidad les hubiera sido plenamente consciente, habrían procurado sin duda impedir el arresto de su Maestro. Pedro dará además la prueba de ello unas horas más tarde al herir al siervo del sumo sacerdote (Juan 18.10-11). Pero en este momento de la comida, el anuncio del Mesías sigue siendo para ellos una palabra oscura, un lenguaje que oyen sin comprender (Marcos 9.32).
6- La presencia inquietante de Judas en la mesa
Lucas precisa un detalle estremecedor que acentúa la tensión dramática de la escena: Judas Iscariote está aún presente en esta mesa sagrada en el momento de la institución de la Cena. El Mesías Jesús declara explícitamente: «Con todo, he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa» (San Lucas 22.21). Esta indicación de Lucas difiere del orden narrativo sugerido por Juan, que parece situar la partida de Judas antes de la institución del rito (Juan 13.30).
Esta cuestión del orden cronológico preciso de los acontecimientos es objeto de discusiones exegéticas. Sea como fuere, la presencia del traidor en la comida de la nueva alianza subraya la profundidad insondable de la gracia divina: el Mesías ofrece la señal de su amor incluso a quien se dispone a entregarlo. La luz y las tinieblas se sientan juntas a la misma mesa, ilustrando que la gracia se ofrece a todos, incluso a quienes finalmente se apartan de ella (Juan 13.10-11 ; San Mateo 5.45).
7- La redacción pospascual de los relatos evangélicos
Conviene señalar que estos textos evangélicos fueron redactados después de la crucifixión y la resurrección del Mesías. Fue a la luz de estos acontecimientos salvíficos como los discípulos comprendieron retrospectivamente el alcance de las palabras y los gestos de su Maestro durante esta comida. El Espíritu Santo, prometido por el Mesías, les recordó y les explicó todas las cosas (Juan 14.26 ; Juan 16.13).
La muerte y la resurrección del Maestro fueron el detonante hermenéutico que iluminó su comprensión. El propio Resucitado tuvo que abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (San Lucas 24.45). Solo a la luz de la cruz y del sepulcro vacío adquieren estos gestos su plena significación: el pan partido se convierte en el signo eficaz del cuerpo ofrecido en sacrificio, la copa en el de la sangre de la alianza eterna que sella la reconciliación entre Dios y los hombres (Romanos 5.8-11 ; Hebreos 9.14-15).
8- El testimonio apostólico de Pablo: una revelación directa
El apóstol Pablo, aunque no estuvo físicamente presente en esta comida —pues aún no era discípulo del Mesías en aquella época—, transmite sin embargo su relato con una autoridad notable:
Este testimonio paulino puede parecer asombroso a primera vista: ¿cómo puede el apóstol describir esta escena como si hubiera sido testigo directo de ella? La respuesta está en sus propias palabras: «Yo recibí del Señor lo que también os he enseñado» (1 Corintios 11.23). Pablo afirma explícitamente que esta tradición le fue comunicada por revelación directa del Señor resucitado, y no simplemente por transmisión humana (Gálatas 1.11-12).
9- La naturaleza de la revelación paulina
Esta afirmación plantea una importante cuestión exegética: ¿recibió Pablo este conocimiento únicamente por revelación mística, o también por la tradición apostólica transmitida por los testigos oculares? Ambas vías no se excluyen mutuamente. Pablo se encontró ciertamente con los apóstoles en Jerusalén (Gálatas 1.18-19 ; Gálatas 2.1-2) y recibió de ellos las tradiciones acerca del Mesías Jesús.
Sin embargo, la expresión «del Señor» (apo tou Kyriou) sugiere que Pablo considera esta tradición como autorizada en última instancia por el Señor mismo, ya sea por revelación directa en sus experiencias místicas (2 Corintios 12.1-4) o por la confirmación divina de la tradición recibida. Sea como fuere, Pablo habla con una autoridad espiritual que supera la de un simple transmisor: transmite una palabra del Señor para la Iglesia de todos los tiempos.
10- La dimensión escatológica de la Santa Cena
Pablo concluye su enseñanza con una afirmación de considerable alcance escatológico: «Todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11.26). La Santa Cena no es, pues, solamente un memorial vuelto hacia el pasado; es también una proclamación presente y una espera orientada hacia el futuro.
Cada vez que la Iglesia comparte este pan y esta copa, realiza tres actos espirituales simultáneos: conmemora la muerte sacrificial del Mesías (dimensión pasada), proclama esta muerte como fundamento de la salvación (dimensión presente) y espera el regreso glorioso del Señor (dimensión futura). La Cena es así el sacramento por excelencia del «entretiempo» escatológico, entre la primera y la segunda venida del Mesías (Tito 2.13 ; Apocalipsis 22.20).
11- La Cena como anticipo del banquete mesiánico
El propio Mesías Jesús había subrayado esta dimensión escatológica en la institución: «Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre» (San Mateo 26.29 ; Marcos 14.25 ; San Lucas 22.18). Esta palabra abre la perspectiva del banquete mesiánico, ese festín escatológico anunciado por los profetas en el que Dios reunirá a su pueblo en comunión perfecta (Isaías 25.6-8 ; Apocalipsis 19.9).
La Cena terrenal es, pues, un anticipo sacramental de ese festín celestial. Une a los creyentes de todos los tiempos en una misma comunión con el Mesías crucificado y resucitado, a la espera de su manifestación gloriosa.
12- Conclusión: el signo de un amor perfecto y de una comunión eterna
Así, la Santa Cena instituida por el Mesías Jesús aquella noche trasciende la simple conmemoración ritual de un acontecimiento pasado. Constituye una proclamación viva y eficaz: anuncia la muerte redentora del Salvador, celebra su victoria definitiva sobre la muerte por la resurrección y espera con esperanza su regreso glorioso para instaurar plenamente el Reino de Dios (1 Corintios 15.54-57).
Al partir el pan y compartir la copa en esta noche de la Pascua, el Mesías Jesús ofrece a los suyos el signo tangible de un amor perfecto —ese amor que lo llevó a dar su vida por aquellos a quienes ama (Juan 15.13)— y la garantía de una comunión eterna con Dios el Padre. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3.16-17). En esta comida sagrada, el amor divino encuentra su expresión más alta y su comunicación más íntima a los creyentes de todos los tiempos.