Es claro que Jesús, considerado el Mesías, es ahora ampliamente reconocido no solo en Galilea, sino también en Judea, como indican los escritos de Juan. Los habitantes judíos lo buscan entre los peregrinos, sabiendo que respeta las peregrinaciones en las fiestas religiosas cuando tiene la oportunidad. Su ausencia llama la atención de la multitud.
La observación siguiente demuestra la considerable influencia que Jesús ejercía sobre sus contemporáneos. Aunque no todos compartían sus ideas, cada uno tenía una opinión sobre él. Nadie permanecía neutral o indiferente.
Su éxito entre el pueblo irrita a las autoridades religiosas. Ahora surgen dos bandos distintos: por un lado, las autoridades religiosas y una parte de la población buscan hacerlo desaparecer; por otro, algunos lo reconocen como el Mesías anunciado por los profetas.
Es crucial comprender esta situación en el contexto político de la época, en el que las autoridades romanas no toleraban ninguna forma de manifestación. Los buscaban eliminar a Jesús como Mesías evitando al mismo tiempo cualquier reacción de sus partidarios. Además, esta cuestión no debía ser percibida por los como una simple disputa religiosa, sino más bien como una amenaza potencial para la estabilidad social.
El versículo de Juan 7.13 muestra bien la influencia negativa que ejercía la autoridad religiosa sobre la gente del pueblo. Estos dirigentes tenían poderes importantes, lo que provocaba en la población cierto temor a contrariarlos. Hacía falta, pues, mucho valor para oponerse a ellos, y eso es lo que ocurría inevitablemente cuando algunas personas se convertían al Mesías Jesús.