A primera vista, este pasaje parece bastante pesimista y señala claramente que los apóstoles deben prepararse para situaciones difíciles. Sin embargo, nunca estarán solos, porque el Espíritu Santo de Dios inspirará en ellos las palabras que deben proclamar.
Sorprende que estas instrucciones se den en este momento concreto, en el año 31, unos dos años antes de Pentecostés. Por tanto, estas palabras parecen proféticas. No obstante, parece que la obra del Espíritu Santo comenzó antes de Pentecostés y del discurso de Pedro del 22 de mayo del año 33.
Mateo describe una situación dramática recordando simplemente las palabras del Mesías Jesús. Sin embargo, cuando se pronuncian, el Mesías Jesús y sus discípulos están en Galilea, una provincia acogedora, a diferencia de la región de Jerusalén, en Judea.
Según nuestra interpretación, nos encontramos en un contexto de formación. Aunque estos acontecimientos todavía no sean tan intensos, llegarán a serlo, y parece importante para el Maestro advertir debidamente a sus discípulos para que no se vean sorprendidos.