Tras permanecer un tiempo en Belén, la pareja sin duda pudo admirar el Templo de Jerusalén, suntuosamente renovado por el rey Herodes el Grande. Es fácil imaginar su asombro ante aquellos espléndidos edificios.
Durante su visita tienen un encuentro sorprendente. En el Templo está un hombre llamado Simeón, que conoce bien las profecías y está convencido de que no morirá antes de ver al Mesías. Al encontrarse con José, María y Jesús, comprende que el Mesías anunciado está ante él y siente una gran alegría.
María, atenta a las palabras proféticas de aquel hombre, solo comprenderá plenamente su significado treinta y tres años después, al ser crucificado su hijo.
Estos acontecimientos refuerzan en María y José la convicción de que su hijo está destinado a una misión excepcional.