La severidad del juicio que cae sobre Ananías y Safira ha sorprendido a menudo a los lectores del Nuevo Testamento. Tras las palabras de Pedro, Ananías cae muerto en el acto (Hechos 5.5). Unas tres horas después, Safira, sin saber lo que acaba de ocurrir, confirma voluntariamente la mentira de su marido y sufre la misma suerte (Hechos 5.7-10).
Conviene observar, sin embargo, que Pedro no pronuncia él mismo la condena. No maldice a la pareja ni pide su muerte. Se limita a poner al descubierto su falta bajo la inspiración del Espíritu Santo. La sentencia procede manifiestamente de Dios mismo.
Este juicio excepcional recuerda varios episodios del Antiguo Testamento. Nadab y Abiú fueron heridos tras ofrecer fuego extraño ante el (Levítico 10.1-3). De igual modo, Acán fue castigado severamente tras ocultar una parte del botín prohibido (Josué 7.1-26). En todos estos casos, Dios interviene al comienzo de una nueva etapa de la historia de la salvación para subrayar la santidad de su obra.
La muerte de Ananías y Safira no debe, pues, interpretarse como la regla habitual del gobierno divino. El Nuevo Testamento muestra, por el contrario, que Dios suele mostrar paciencia y misericordia hacia los pecadores (2 Pedro 3.9). El carácter excepcional de esta sentencia subraya precisamente su importancia.
En dos ocasiones, Lucas precisa que un gran temor se apoderó de los creyentes y de todos los que supieron de estos hechos (Hechos 5.5; Hechos 5.11). No se trata de un miedo supersticioso, sino de una renovada toma de conciencia de la santidad de Dios y del carácter sagrado de la Iglesia.
Así, esta solemne sentencia recuerda que la gracia de Dios no suprime ni la verdad ni las exigencias de la santidad. La Iglesia primitiva, aunque animada por el poder del Espíritu Santo, no podía convertirse en un lugar donde se toleraran la hipocresía y la mentira. Al comienzo de este nuevo pacto, Dios recordó de manera excepcional que su pueblo debía caracterizarse por la sinceridad y la fidelidad (1 Pedro 1.15-16).