Mateo precisa que el Maestro pronunció este discurso en privado (San Mateo 24.3). La multitud, que se había quedado en Jerusalén, pensaba sin duda que él simplemente regresaba a Betania y que no ocurriría nada especial.
Marcos, por su parte, menciona los nombres de quienes hicieron la pregunta: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (Marcos 13.3). Esto no excluye que otros hayan oído la respuesta. El discurso se desarrolla, pues, en un marco íntimo y tranquilo, lejos de los debates públicos y de los enfrentamientos con las autoridades religiosas.
Es la vista del espléndido templo de Herodes lo que suscita el diálogo y la serie de preguntas de los cuatro discípulos. El Mesías Jesús anuncia claramente tiempos difíciles y la destrucción de ese magnífico edificio, que, según él, ya no era una verdadera casa de oración (Marcos 11.17). Los discípulos asocian entonces este anuncio con la venida del Mesías y el fin de los tiempos, comprendiendo mejor la perspectiva de la destrucción del Templo que la de su glorioso advenimiento.
Para captar el alcance de estas palabras, hay que recordar dos elementos: primero, la crucifixión y la resurrección todavía no han tenido lugar; los discípulos aún tienen dificultad para concebir la victoria del Maestro sobre la muerte.
Después, estos relatos fueron redactados tras los acontecimientos, a la luz de lo que sus autores vivieron y comprendieron más tarde. Las declaraciones escatológicas del Mesías Jesús se releen, pues, a través del prisma de la Historia y de la fe naciente.
En cuanto al argumento de que estos textos habrían sido escritos después de la destrucción del Templo en el año 70 y no procederían de una palabra profética, parece infundado ante las numerosas manifestaciones de poder del Mesías Jesús y su conocimiento de los corazones (Juan 2.24-25).
Aunque sobrepase nuestra comprensión humana, el Maestro poseía la capacidad de percibir ciertos acontecimientos futuros y de escudriñar los pensamientos de sus interlocutores. Así, su discurso no se limita al anuncio de la ruina del Templo; abarca también la promesa de su regreso y la perspectiva del fin de los tiempos (San Mateo 24.30-31).