Mateo sabe que destacar la ascendencia de Jesús hasta el rey David es importante para sostener su argumentación. El Mesías real debe necesariamente descender de Judá y David. Herodes el Grande, que reinaba entonces y se hacía llamar rey, no podía, a ojos de los judíos, reivindicar oficialmente ese título, porque no pertenecía a ese linaje real.
El «Rey de los Judíos» solo puede ser un descendiente de Judá y David. La lista de Mateo corresponde a la ascendencia de José. La demostración es clara: según el derecho judío de entonces, Jesús el Mesías heredaba este linaje real por medio de su padre adoptivo, José, y podía por tanto aspirar al título de Rey de los Judíos.
También abordaremos las cinco mujeres mencionadas en esta lista, algo muy poco habitual.
Lucas precisa la edad de Jesús el Mesías en su bautismo. El término «aproximadamente» no permite suponer un intervalo de varios años. Creemos, al contrario, que Lucas fue preciso, como de costumbre, y verificó esta información.
Nos apoyamos en este dato para calcular la fecha de nacimiento de Jesús el Mesías. Como ya hemos señalado, estamos ante una genealogía distinta, la de María, mientras Mateo presenta la de José. Explicamos esta elección en el anexo 10: «Las dos genealogías de Jesús el Mesías».
Lucas tuvo en cuenta la dificultad de un no judío para comprender esta filiación adoptiva, que podría percibirse como un engaño.
¿Para qué sirve la genealogía de alguien que no desempeñó ningún papel en el nacimiento del niño?
Sus investigaciones le permiten establecer que María también procede de un linaje real. Los judíos suelen rechazar una genealogía materna, pero Lucas se dirige a un público gentil. Esta filiación materna, aunque sorprendente, deriva de la naturaleza misma del nacimiento de Jesús el Mesías, que es único.
La humanidad de Jesús el Mesías, transmitida por María, queda atestiguada por Lucas, mientras Mateo confirma su realeza. Lucas también reconoce la realeza de Jesús, aunque no sea su objetivo principal. Declara que Jesús el Mesías es el Hijo de Dios, una afirmación difícil de aceptar para los judíos, pero se dirige a paganos convertidos.