El discurso de Esteban (Hechos 7.2-53) es el discurso más largo referido en el libro de los Hechos de los Apóstoles y probablemente uno de los más notables en los planos literario y teológico. A primera vista, puede parecer una simple retrospectiva de la historia de Israel. Sin embargo, su argumentación es mucho más elaborada. Esteban no recorre el pasado por sí mismo; lo utiliza para construir un verdadero alegato contra sus acusadores y para demostrar que estos repiten las faltas de sus antepasados.
I- Una estructura cuidadosamente elaborada
El discurso puede dividirse en cinco grandes partes que se corresponden entre sí y conducen progresivamente a la violenta acusación final.
1- Abraham: Dios actúa fuera de la Tierra prometida (Hechos 7.2-8)
Esteban comienza su exposición con Abraham, el padre de la nación. Subraya que Dios se le reveló en Mesopotamia, incluso antes de su llegada a (Hechos 7.2).
Este detalle no es insignificante. Introduce ya una de las ideas fundamentales del discurso: la presencia de Dios no está limitada al Templo ni siquiera al territorio de Israel. Desde las primeras líneas, Esteban responde indirectamente a la acusación formulada contra él acerca del Templo (Hechos 6.13-14).
2- José: el libertador rechazado y luego exaltado (Hechos 7.9-16)
Esteban evoca a continuación la historia de José. Insiste particularmente en el rechazo del que este fue víctima:
«Los patriarcas, movidos por la envidia contra José, lo vendieron para que fuese llevado a Egipto» (Hechos 7.9).
Sin embargo, Dios estaba con él, y el que había sido rechazado por sus hermanos llegó a ser finalmente su salvador.
El paralelo con Jesús aparece ya en segundo plano:
- José fue rechazado antes de ser elevado;
- Jesús fue rechazado antes de ser glorificado.
Esteban introduce así un tema que atravesará todo su discurso: el rechazo de los enviados de Dios.
3- Moisés: el segundo libertador rechazado (Hechos 7.17-43)
Esta parte es, con mucho, la más desarrollada. Este desequilibrio es voluntario y revela la importancia particular que Esteban concede a Moisés.
a) La juventud de Moisés (Hechos 7.17-29)
Moisés intenta intervenir en favor de sus hermanos, pero estos rechazan su autoridad:
«¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?» (Hechos 7.27).
Desde su primera intervención, el que habría de convertirse en el libertador de Israel es rechazado por su propio pueblo.
b) El llamamiento de Moisés (Hechos 7.30-36)
Dios se revela a Moisés en el desierto del Sinaí, lejos de Jerusalén y varios siglos antes de la construcción del Templo.
Una vez más, Esteban recuerda implícitamente que Dios no está ligado a un santuario particular. Su presencia precede al Templo y sobrepasa las fronteras del país.
c) El rechazo de Moisés por parte de Israel (Hechos 7.37-43)
A pesar de los beneficios de Dios, el pueblo se aparta de Moisés y se entrega a la idolatría fabricando el becerro de oro.
Esteban pone así de relieve una constante de la historia de Israel: el pueblo resistió regularmente a los enviados de Dios y se opuso a su obra.
4- El Templo no es la morada exclusiva de Dios (Hechos 7.44-50)
La verdadera cuestión del debate aparece entonces con claridad.
Esteban recuerda primero la existencia del Tabernáculo construido bajo Moisés, luego la del Templo edificado por Salomón. De ningún modo cuestiona su legitimidad, pero subraya que estas instituciones no pueden contener al Dios vivo.
Citando a Isaías 66.1-2, declara:
«El Altísimo no habita en templos hechos de mano» (Hechos 7.48).
Su argumento es particularmente sutil. No condena el Templo, sino que simplemente recuerda que Dios es infinitamente más grande que el edificio sagrado. Los falsos testigos habían, pues, deformado su pensamiento y caricaturizado su enseñanza (Hechos 6.13-14).
5- La acusación final (Hechos 7.51-53)
Después de haber evocado largamente el pasado, Esteban se vuelve bruscamente hacia sus jueces:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos!»
El tono cambia de repente. El que comparece como acusado se convierte a su vez en acusador.
Su argumentación alcanza entonces su punto culminante:
- sus padres rechazaron a José;
- sus padres rechazaron a Moisés;
- sus padres persiguieron a los profetas;
- ellos mismos traicionaron y mataron al «Justo» (Hechos 7.52).
La verdadera blasfemia no es, pues, aquella de la que se acusa a Esteban. Los verdaderos culpables son los que, pretendiendo defender a Dios, rechazaron a su Enviado.
II- Los grandes temas del discurso
1- El rechazo de los enviados de Dios
Un mismo esquema aparece a lo largo de todo el discurso:
| Enviado de Dios | Reacción del pueblo |
| José | rechazado |
| Moisés | rechazado |
| Los profetas | perseguidos |
| Jesús | crucificado |
| Esteban | rechazado y condenado a muerte |
Esteban se inscribe él mismo en esta larga cadena de testigos perseguidos.
2- Una defensa que se transforma en alegato
Al comienzo del relato, Esteban parece defenderse de las acusaciones formuladas contra él. Sin embargo, casi nunca intenta demostrar su inocencia.
Al contrario, su discurso se transforma progresivamente en una acusación dirigida contra el . La situación se invierte por completo: los que piensan juzgar a Esteban se encuentran juzgados ellos mismos por la palabra que él proclama.
Esta inversión recuerda fuertemente las últimas comparecencias de Jesús ante sus jueces.
3- Una teología de la presencia de Dios
Otro tema principal recorre todo el discurso: Dios no puede ser encerrado en un lugar particular.
Se revela:
- en Mesopotamia (Hechos 7.2);
- en Egipto (Hechos 7.9);
- en el desierto del Sinaí (Hechos 7.30-33);
- incluso antes de la existencia del Templo (Hechos 7.44).
Esta perspectiva prepara ya la futura expansión del Evangelio hacia Samaria, Etiopía, Antioquía y, más ampliamente, hacia el mundo pagano.
III- Una notable construcción literaria
El discurso sigue una progresión dramática cuidadosamente organizada:
- Abraham;
- José;
- Moisés;
- el Tabernáculo;
- el Templo;
- la acusación directa a los jefes del pueblo.
La tensión aumenta progresivamente hasta la explosión final.
El capítulo 7 no constituye, pues, una simple lección de historia. Se trata de una magistral demostración teológica destinada a mostrar que Dios no está limitado al Templo, que Israel rechazó a menudo a sus libertadores, que Jesús es el último Enviado de Dios y que el repite las faltas de sus antepasados.
Probablemente por esta razón Lucas concedió un lugar tan importante a este discurso. Marca una etapa decisiva en los Hechos de los Apóstoles. Tras un primer período centrado en Jerusalén y el Templo, el Evangelio se abrirá progresivamente al mundo entero, conforme al programa anunciado por Jesús en Hechos 1.8.