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Las siete palabras de Jesús en la cruz.

Este artículo examina las siete palabras de Jesús en la cruz, explorando su significado teológico y su integración en el plan divino de salvación.

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Introducción

El estudio de la Pasión de Cristo lleva a reconocer que la muerte de Jesús no es un acontecimiento sufrido, sino un acto plenamente voluntario y consciente. Según su propio testimonio, ofrece libremente su vida:

Juan 10.18 (Reina-Valera 1909) :
Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

Esta entrega suprema se inscribe en el designio redentor de Dios, establecido «antes de la fundación del mundo» (1 Pedro 1.20). Al entregarse en la cruz para rescatar a una humanidad perdida, Jesús cumple literalmente las Escrituras y manifiesta la fidelidad del Padre a su plan de salvación:

Juan 3.16-17 (Reina-Valera 1909) :
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.Porque no envió Dios á su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él.

La muerte de Jesús no es, pues, fruto del azar ni una derrota trágica. Corresponde a un cumplimiento profético y salvífico, anunciado por los profetas y simbolizado a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Cada gesto, cada palabra y cada instante de la Pasión se integran en esta economía divina: la Escritura no se limita a relatar hechos históricos, sino la revelación progresiva de un proyecto intemporal.

Entre las palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, la tradición cristiana distingue siete, conocidas como «las siete palabras de Cristo». Estas declaraciones breves, pero de una densidad teológica excepcional, expresan la totalidad del misterio de la redención: el perdón ofrecido a los pecadores, la promesa de salvación, la compasión filial, el sufrimiento redentor, el cumplimiento de las profecías y la entrega confiada del espíritu al Padre.

El presente estudio se propone examinar estas siete palabras en su dimensión bíblica y teológica, relacionándolas con los textos del Antiguo Testamento, y más particularmente con el Salmo 22. Este salmo, a menudo llamado «el salmo del justo sufriente», expresa de manera profética la experiencia del abandono, del sufrimiento y de la victoria final del Mesías. Constituye una clave hermenéutica esencial para comprender el alcance espiritual y profético de las palabras de Jesús en la cruz.

Así, nuestro planteamiento buscará demostrar que estas últimas palabras no son fortuitas ni aisladas, sino que dan testimonio de una profunda coherencia entre el Antiguo y el Nuevo Pacto. En Jesús crucificado, la Palabra inspirada alcanza su plenitud, y el designio del Padre se revela en toda su plenitud redentora.

I. Las siete palabras de Jesús en la cruz

Los relatos evangélicos presentan la crucifixión de Cristo como la cumbre de la historia de la salvación. En el corazón de esta escena, las siete palabras pronunciadas por Jesús constituyen un testimonio único de su conciencia mesiánica y de su misión redentora. Jalonan, por así decirlo, el camino espiritual de la cruz: desde el perdón ofrecido a sus verdugos hasta el abandono confiado en las manos del Padre.

Estas palabras, referidas por los cuatro evangelistas, forman un conjunto coherente aunque fragmentado en los textos. Reflejan la plenitud del amor divino manifestado en el sufrimiento, pero también el cumplimiento de las profecías mesiánicas. Al meditarlas, se descubre una progresión teológica y espiritual: revelan sucesivamente la misericordia del Hijo, la promesa de salvación, la compasión, la profundidad del sufrimiento, la sed de cumplir la Escritura, la victoria de la salvación y, por último, la paz perfecta del regreso al Padre.

El orden tradicional en que la tradición cristiana las reúne no es arbitrario: construye una verdadera catequesis de la cruz.

Así, la primera palabra abre la Pasión con el perdón; la última la concluye con la confianza. Entre ambas, el Hijo atraviesa el abandono, la sed y la angustia, sin romper jamás la comunión con su Padre. Estas palabras tejen en sí mismas un discurso teológico completo, donde se encuentran la justicia y la misericordia, el dolor humano y la victoria divina.

Antes de abordar cada una individualmente, conviene considerarlas como un todo: un testimonio último del amor redentor. Desde esta perspectiva, el estudio que sigue analizará sucesivamente cada palabra, mostrando su significado propio, su vínculo con el Antiguo Testamento —en particular con el Salmo 22— y la manera en que participa en la unidad del plan divino.

II. Lista de las siete palabras

Esta es la lista completa de las siete palabras de Jesús en la cruz, tal como se establece tradicionalmente a partir de los cuatro Evangelios. Se presentan en el orden generalmente adoptado por la tradición cristiana:

1. La palabra del perdón

San Lucas 23.34 (Reina-Valera 1909) :
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus vestidos, echaron suertes.

Esta primera palabra revela la misericordia divina en medio del sufrimiento. Jesús ora por sus verdugos y manifiesta así la naturaleza misma de su obra redentora: el perdón ofrecido a quienes lo rechazaron.

2. La palabra de la promesa

San Lucas 23.43 (Reina-Valera 1909) :
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Dirigida al malhechor arrepentido, esta palabra proclama la gratuidad de la salvación y el poder inmediato de la gracia. La cruz se convierte en el lugar del paso de la muerte a la vida.

3. La palabra de la relación filial

Juan 19.26-27 (Reina-Valera 1909) :
Y como vió Jesús á la madre, y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice á su madre: Mujer, he ahí tu hijo.Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo.

Con este gesto, Jesús confía a María el discípulo amado y, a través de él, a toda la comunidad creyente. Esta palabra funda simbólicamente la fraternidad espiritual entre los discípulos de Cristo.

4. La palabra del abandono

San Mateo 27.46 (Reina-Valera 1909) :
Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Marcos 15.34 (Reina-Valera 1909) :
Y á la hora de nona, exclamó Jesús á gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani? que declarado, quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Cita directa de Salmos 22.1, este grito expresa a la vez la profundidad del sufrimiento humano y el cumplimiento de las Escrituras. Lejos de ser desesperación, es una oración arraigada en la fe del justo sufriente.

5. La palabra de la sed

Juan 19.28 (Reina-Valera 1909) :
Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas eran ya cumplidas, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Sed tengo.

Breve y conmovedora, esta palabra subraya la verdadera humanidad de Jesús y remite al cumplimiento profético: «Mi lengua se pega a mi paladar» (Salmos 22.15). Expresa a la vez el sufrimiento físico y el deseo espiritual de cumplir la voluntad de Dios.

6. La palabra del cumplimiento

Juan 19.30 (Reina-Valera 1909) :
Y como Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, dió el espíritu.

Esta declaración solemne afirma la consumación de la obra redentora. El plan de salvación anunciado por los profetas alcanza su plenitud: la misión del Hijo está cumplida, la victoria sobre el pecado queda sellada.

7. La palabra de la entrega en las manos del Padre

San Lucas 23.46 (Reina-Valera 1909) :
Entonces Jesús, clamando á gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, espiró.

Última palabra antes de la muerte, retoma Salmos 31.6 y expresa la confianza absoluta del Hijo en el Padre. Después de haberlo dado todo, Jesús se abandona por completo a Aquel que lo envió.

III. La primera palabra de Jesús en la cruz

San Lucas 23.34 (Reina-Valera 1909) :
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus vestidos, echaron suertes.

Esta es la primera palabra pronunciada por Jesús en la cruz. Expresa de inmediato la dimensión salvadora y misericordiosa de su muerte. Jesús no responde a la violencia con la queja ni con la condena; ora por quienes lo crucifican, cumpliendo así la profecía del Siervo sufriente:

Isaías 53.12 (Reina-Valera 1909) :
Por tanto yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fué contado con los perversos, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.

El verbo griego aphiēmi («perdonar») subraya una remisión total de la deuda, un borrado voluntario y activo. Al implorar el perdón para sus verdugos, Jesús revela la naturaleza del Padre y el alcance universal de su misión:

San Lucas 19.10 (Reina-Valera 1909) :
Porque el Hijo del hombre vino á buscar y á salvar lo que se había perdido.

La ignorancia que menciona no excusa la falta, sino que manifiesta la compasión divina por la humanidad extraviada. Esta palabra inaugura la cruz como lugar del perdón y de la reconciliación, donde el crimen más injusto se convierte en el espacio de la salvación universal.

IV. La segunda palabra de Jesús en la cruz

San Lucas 23.43 (Reina-Valera 1909) :
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.

La segunda palabra atribuida a Jesús en la cruz ocupa un lugar central en el relato de la Pasión. Pronunciada en respuesta al malhechor arrepentido, revela la gracia inmediata de la salvación concedida a quien pone su fe en Cristo.

Cuando todo parece perdido, Jesús afirma la soberanía del perdón divino: nadie está demasiado lejos para ser salvado. La expresión «hoy» subraya la urgencia y la certeza de la liberación; la salvación no se aplaza a un futuro incierto, se hace presente en el encuentro con el Salvador.

A pesar de su estado de sufrimiento y de humillación, Jesús permanece atento a quienes lo rodean; en su compasión ofrece consuelo y esperanza incluso desde la cruz, manifestando así que su naturaleza divina no flaquea. Sigue siendo plenamente el Hijo de Dios, señor de la salvación y fuente de vida.

Esta palabra cumple la promesa del profeta:

Habacuc 2.4 (Reina-Valera 1909) :
He aquí se enorgullece aquel cuya alma no es derecha en él: mas el justo en su fe vivirá.

Confirma que la cruz es el umbral del reino. El condenado ya no se define por su falta, sino por la fe que pone en Jesús. La presencia de Cristo transforma su suplicio en esperanza; allí donde la justicia humana condena, la misericordia divina abre el paraíso.

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V. La tercera palabra de Jesús en la cruz

Juan 19.26-27 (Reina-Valera 1909) :
Y como vió Jesús á la madre, y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice á su madre: Mujer, he ahí tu hijo.Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo.

La tercera palabra de Jesús en la cruz manifiesta la ternura y la compasión del Hijo en el corazón mismo del sufrimiento. Mientras agoniza, Jesús confía a su madre María al discípulo a quien amaba, Juan según nuestras conclusiones, y recíprocamente, estableciendo entre ellos un vínculo nuevo fundado no en la carne, sino en la fe y el amor. En este acto inaugura simbólicamente la comunidad de los creyentes, una familia espiritual unida en la fidelidad a Cristo.

A pesar de la intensidad del dolor físico y moral, Jesús permanece atento a quienes lo rodean: se preocupa por la suerte de su madre y provee a su consuelo. Su mirada va más allá de la cruz; incluso en lo más profundo de su debilidad, actúa con majestad y autoridad, confirmando que sigue siendo el Hijo de Dios, dueño de la situación y artífice de una obra de amor.

Con estas palabras, Jesús cumple la profecía del Siervo compasivo (Isaías 53.4-5) y manifiesta que su obra no se limita a la redención personal, sino que funda una comunidad llamada a vivir en la fraternidad espiritual. Al confiar a su madre al discípulo amado, Jesús crea un vínculo de amor y de responsabilidad mutua entre sus discípulos; instituye una nueva relación humana alimentada por la fe en él. La escena ilustra el nacimiento de una comunión espiritual en torno a la cruz: allí donde todo parece derrumbarse, Jesús transforma el dolor en don y la muerte en fuente de vida compartida.

La presencia del discípulo al pie del crucificado representaría, según una interpretación teológica sólidamente fundada en la tradición, a la humanidad creyente que acoge a María, figura de la Iglesia, y recibe por medio de ella el testimonio de la gracia. También aquí la cruz no es un lugar de abandono, sino de comunión: Jesús transforma el dolor en don y la muerte en nacimiento de un pueblo nuevo.

VI. La cuarta palabra de Jesús en la cruz

San Mateo 27.46 (Reina-Valera 1909) :
Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Marcos 15.34 (Reina-Valera 1909) :
Y á la hora de nona, exclamó Jesús á gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani? que declarado, quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

La cuarta palabra de Jesús en la cruz es a la vez la más conmovedora y la más profundamente teológica. Con este grito, Jesús expresa la realidad del sufrimiento humano llevado hasta el extremo, cumpliendo al mismo tiempo las Escrituras.

Cita el primer versículo del Salmos 22.1, oración del justo perseguido que atraviesa la prueba con fidelidad a Dios. Lejos de ser un grito de desesperación, esta palabra constituye una verdadera confesión de fe: en el dolor del abandono, Jesús sigue llamando a Dios «mi» Dios, señal de una relación intacta a pesar de la prueba.

Clavado en la cruz, cargado con el pecado del mundo (2 Corintios 5.21, Isaías 53.6), Jesús siente la separación que el pecado provoca entre Dios y la humanidad. Asume plenamente esta ruptura para vencerla. El silencio del Padre no señala una ausencia, sino el cumplimiento del misterio de la redención: el Hijo entra hasta la noche de la condición humana para liberar de ella al hombre.

Así, en el corazón de este grito se revela la paradoja de la fe cristiana: el momento de aparente desamparo se convierte en el de la victoria del amor. El Salmos 22.1, cuyas primeras palabras retoma Jesús, termina en alabanza y exaltación:

Salmos 22.23-32 (Reina-Valera 1909) :
Los que teméis á Jehová, alabadle; glorificadle, simiente toda de Jacob; y temed de él, vosotros, simiente toda de Israel.Porque no menospreció ni abominó la aflicción del pobre, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó á él, oyóle.De ti será mi alabanza en la grande congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen.Comerán los pobres, y serán saciados: alabarán á Jehová los que le buscan: vivirá vuestro corazón para siempre.Acordarse han, y volveránse á Jehová todos los términos de la tierra; y se humillarán delante de ti todas las familias de las gentes.Porque de Jehová es el reino; y él se enseñoreará de las gentes.Comerán y adorarán todos los poderosos de la tierra: postraránse delante de él todos los que descienden al polvo, si bien ninguno puede conservar la vida á su propia alma.La posteridad le servirá; será ella contada por una generación de Jehová.Vendrán, y anunciarán al pueblo que naciere, su justicia que él hizo.

Del mismo modo, la Pasión conduce a la resurrección. Incluso en el sufrimiento extremo, Jesús sigue siendo Hijo de Dios: lleva el silencio del Padre como último acto de obediencia, transformando la angustia en victoria y el abandono en comunión perfecta.

VII. La quinta palabra de Jesús en la cruz

Juan 19.28 (Reina-Valera 1909) :
Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas eran ya cumplidas, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Sed tengo.

La quinta palabra de Jesús en la cruz revela a la vez la intensidad de su sufrimiento humano y la plenitud de su obediencia al designio del Padre. El evangelista Juan subraya que pronuncia estas palabras «para que se cumpliese la Escritura», clara alusión a los Salmos:

Salmos 22.15 (Reina-Valera 1909) :
Secóse como un tiesto mi vigor, y mi lengua se pegó á mi paladar; y me has puesto en el polvo de la muerte.

Salmos 69.22 (Reina-Valera 1909) :
Sea su mesa delante de ellos por lazo, y lo que es para bien por tropiezo.

Así, hasta en su agonía, Jesús actúa en total conformidad con las Escrituras.

Esta palabra sencilla, casi desarmada, atestigua la plena realidad de su encarnación. El Hijo de Dios no escapa a la sed del suplicio: comparte enteramente la condición humana hasta el agotamiento físico.

Pero más allá de la necesidad corporal, esta sed expresa también una sed espiritual: la del cumplimiento de la misión, de la salvación de los hombres y de la comunión recobrada con los suyos. Jesús ya había dicho:

Juan 4.34 (Reina-Valera 1909) :
Díceles Jesús: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.

Ahora, su sed marca la consumación de esta obediencia.

Incluso en el sufrimiento extremo, sigue siendo el Señor soberano de la salvación: es él quien elige el momento de pronunciar estas palabras y de «beber la copa» hasta el final (San Mateo 26.39). Con esta breve palabra une la debilidad humana y el poder divino; hace de su agotamiento el signo supremo del amor redentor. Jesús, sediento en la cruz, manifiesta la sed de Dios por la humanidad perdida y abre el camino al cumplimiento total de la salvación.

VIII. La sexta palabra de Jesús en la cruz

Juan 19.30 (Reina-Valera 1909) :
Y como Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, dió el espíritu.

La sexta palabra de Jesús en la cruz resuena como la cumbre de la historia de la salvación. La expresión griega tetelestai, traducida por «Consumado es», significa literalmente «todo está acabado, plenamente realizado». No es un grito de derrota, sino la proclamación de una victoria total: la obra confiada al Hijo por el Padre queda ahora plenamente cumplida. Cada profecía ha hallado su cumplimiento, cada exigencia de la justicia divina ha sido satisfecha, y la redención de la humanidad ha sido hecha posible.

Esta palabra cierra simbólicamente la misión por la que Jesús vino al mundo:

Juan 4.34 (Reina-Valera 1909) :
Díceles Jesús: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.

Expresa la conciencia perfecta que el Hijo conserva de la unidad entre su voluntad y la del Padre. Con esta declaración, Jesús afirma que nada ha quedado inacabado: la deuda del pecado está pagada, la promesa de salvación está sellada.
En el plano espiritual, «Consumado es» marca el paso del ministerio terrenal de Jesús a la plenitud de su obra redentora. Allí donde Adán había fracasado (Romanos 5.19), Cristo, obediente hasta la muerte, cumple enteramente el plan divino. Incluso en la debilidad de la cruz, sigue siendo el Hijo soberano, dueño de su misión y vencedor del mal.

Esta palabra, breve y solemne, anuncia la restauración de la comunión entre Dios y los hombres. La cruz se convierte así en el signo no de un final, sino del cumplimiento perfecto del amor divino.

IX. La séptima palabra de Jesús en la cruz

San Lucas 23.46 (Reina-Valera 1909) :
Entonces Jesús, clamando á gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, espiró.

La séptima y última palabra de Jesús en la cruz cierra su obra redentora en una paz soberana y una confianza absoluta. Citando el Salmos 31.6, Jesús expresa una oración conocida del pueblo de Israel, a menudo recitada antes del descanso nocturno. Con estas palabras no pronuncia un grito de desesperación, sino una confesión de fe y una entrega total de sí mismo a la voluntad del Padre. Después de haberlo cumplido todo, entrega voluntariamente su espíritu, no a la muerte, sino a Dios.

Esta palabra manifiesta la armonía suprema entre el Hijo y el Padre. Cuando todo parece aniquilarse, Jesús afirma su soberanía: muere libremente, dueño del momento y del sentido de su muerte (Juan 10.17-18). Lejos de ser una capitulación, su última palabra es un acto de obediencia y de amor, por el cual entrega la vida que había recibido para salvarla para los demás.

Al entregar su espíritu en las manos del Padre, Jesús inaugura una era nueva: la de una humanidad reconciliada con Dios. La cruz se convierte en el lugar donde la confianza triunfa sobre el temor, donde la fidelidad supera el sufrimiento. Incluso en la agonía sigue siendo plenamente el Hijo de Dios; su reposo en el Padre abre el camino de la resurrección y de la vida eterna. Así concluye el testimonio del Cristo crucificado: su último aliento es una oración, y su muerte, una victoria.

Comentario

Esta es la lista completa de las siete palabras de Jesús en la cruz, con los evangelistas que las refieren:

Orden tradicionalTexto de la palabraReferencias bíblicasEvangelista(s)
1«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»(San Lucas 23.34)Lucas
2«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.»(San Lucas 23.43)Lucas
3«¡Mujer, he ahí tu hijo! … He ahí tu madre.»(Juan 19.26-27)Juan
4«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»(San Mateo 27.46; Marcos 15.34)Mateo y Marcos
5«Tengo sed.»(Juan 19.28)Juan
6«Consumado es.»(Juan 19.30)Juan
7«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»(San Lucas 23.46)Lucas

Los evangelistas no relatan todos las mismas palabras de Jesús en la cruz, porque cada uno escribe desde una perspectiva teológica particular. Estas diferencias no traducen una divergencia de sentido, sino una complementariedad en la comprensión del misterio de la Pasión.

Lucas refiere tres palabras: la primera (San Lucas 23.34), la segunda (San Lucas 23.43) y la séptima (San Lucas 23.46). Forman una progresión espiritual que destaca la misericordia, la gracia y la confianza. Lucas, fiel a su teología de la compasión divina, muestra a Jesús ejerciendo el perdón hacia sus verdugos, prometiendo la salvación inmediata al malhechor arrepentido y encomendando después su espíritu en las manos del Padre. En él, la cruz se convierte en el lugar por excelencia de la gracia ofrecida a todos. Jesús aparece como el Justo misericordioso, perfectamente fiel a la voluntad del Padre y portador de salvación para los pecadores.

Juan refiere otras tres palabras: la tercera (Juan 19.26-27), la quinta (Juan 19.28) y la sexta (Juan 19.30). El evangelista da a la cruz una dimensión de gloria y de cumplimiento. Jesús permanece allí soberano hasta en la muerte: cuida de los suyos al confiar a su madre al discípulo, manifiesta su verdadera humanidad en la sed y proclama luego la perfecta consumación de la obra de la salvación. En Juan, la cruz no es el lugar de la derrota, sino el de la revelación del Hijo glorificado, donde se desvela el amor absoluto de Dios y el dominio total de Cristo sobre su destino.

Por último, Mateo (San Mateo 27.46) y Marcos (Marcos 15.34) refieren la misma palabra: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», el grito de abandono tomado del Salmo 22. Este grito constituye el corazón del misterio redentor: expresa la profundidad del sufrimiento humano asumido por Cristo, pero también la fidelidad inquebrantable del Hijo al Padre en la oscuridad. Al concentrar su relato en esta única palabra, Mateo y Marcos subrayan la realidad del sacrificio, la verdad de la encarnación y la comunión de Cristo con la humanidad caída.

Así, los cuatro Evangelios, tomados en conjunto, ofrecen una visión completa del misterio de la cruz. Lucas revela la misericordia activa del Salvador, Juan muestra su gloria y su cumplimiento, mientras que Mateo y Marcos desvelan la profundidad salvífica del grito de abandono. Las siete palabras, procedentes de estas diferentes perspectivas, se unen para componer la sinfonía completa de la salvación: el perdón, la promesa, la compasión, el sufrimiento, el cumplimiento y la confianza final del Hijo de Dios entregado por el mundo.

Conclusión

El estudio de las siete palabras de Jesús en la cruz pone de manifiesto que solo la síntesis de los cuatro Evangelios permite captar la plenitud del misterio de la Pasión. Ningún evangelista, por sí solo, refiere el conjunto de las palabras; cada uno, inspirado por el Espíritu, elige las palabras de Cristo que mejor sirven a su propósito teológico y pastoral. Así, los relatos evangélicos no se repiten: se completan armoniosamente. Mateo presenta al Cristo prometido, cumplimiento de las Escrituras; Marcos revela al Cristo sufriente, Siervo obediente hasta la muerte; Lucas manifiesta al Cristo misericordioso, Salvador universal; Juan contempla al Cristo glorificado, Verbo divino triunfante en el amor. Juntos ofrecen las cuatro perspectivas convergentes de un mismo Salvador, a la vez hombre sufriente e Hijo de Dios.

A través de estas palabras últimas, Jesús sigue siendo plenamente el centro del designio redentor del Padre. Su muerte no es un accidente ni un fracaso: se inscribe en el cumplimiento de la revelación bíblica. El estrecho vínculo entre sus palabras y el Salmo 22 confirma la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Pacto. Este salmo, que comienza en la angustia y termina en la alabanza, encuentra en la cruz su pleno cumplimiento: la oración del justo sufriente se convierte en la proclamación de la salvación universal.

Así, la cruz no es solo el lugar del sufrimiento, sino el de la revelación perfecta del amor de Dios. En cada una de sus palabras, Jesús manifiesta una dimensión esencial de la salvación: el perdón, la promesa, la compasión, el sufrimiento redentor, el cumplimiento, la victoria y la confianza filial. La unidad de estas palabras compone la teología viva de la redención: en ellas se unen la humanidad de Jesús, su obediencia perfecta y la gloria del Hijo de Dios manifestada al mundo.