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El testimonio de Pedro y Juan

El artículo trata del regreso de Pedro y Juan junto a los creyentes tras su arresto por el Sanedrín. Ante las amenazas, la asamblea se une en oración, afirmando la soberanía de Dios y pidiendo fuerza para proclamar el Evangelio, expresando una fe inquebrantable.

19 min Pedro Juan Hechos de los Apóstoles oración Sanedrín 26 versículos 8 libros

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Detalles técnicos

Año 33

Lugar: La ciudad de Jerusalén

Fecha: Primavera del año 33

Modo de proceder: Seguimos a Lucas en su segunda obra

Nota sobre el modo de proceder: Esta información se encuentra únicamente en Lucas

Mapa de Jerusalén y su región

Tras ser puestos en libertad, Pedro y Juan se apresuran a reunirse con sus hermanos y hermanas en la fe para relatarles lo sucedido y dar testimonio de la acción de Dios en su favor.

1- El testimonio de los dos apóstoles

Lucas relata ahora tres acontecimientos que se suceden naturalmente. En primer lugar, Pedro y Juan dan cuenta de su comparecencia ante el ; luego, el conjunto de los creyentes presentes eleva una oración a Dios; por último, la asamblea experimenta una nueva acción del Espíritu Santo (Hechos 4.23-31).

Es verosímil que los hermanos y hermanas reunidos ya estuvieran al corriente del arresto de Pedro y de Juan. La comparecencia ante el podía hacer temer sanciones severas, tanto más cuanto que estas mismas autoridades habían obtenido la condena del Mesías Jesús unas semanas antes (San Lucas 22.66-71; Juan 19.15-16). La liberación inesperada de los dos apóstoles no podía, pues, sino suscitar asombro y gratitud.

Pedro y Juan relatan entonces a la asamblea «todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho» (Hechos 4.23). Su testimonio constituye una nueva ilustración de la asistencia del Espíritu Santo prometida por Jesús a sus discípulos cuando fueran llevados ante las autoridades (San Mateo 10.19-20; San Lucas 12.11-12). Los miembros del , aunque dirigidos por Anás y Caifás, no pudieron ni impugnar la ni refutar los argumentos de los apóstoles (Hechos 4.14).

Para los primeros creyentes, esta liberación manifiesta que el poder divino que acompañaba el ministerio del Señor sigue actuando en adelante en el seno de su Iglesia. Confirma también que la muerte de Jesús no fue la consecuencia de una derrota, sino que se inscribía en el designio soberano de Dios para la salvación de los hombres (Marcos 10.45; Hechos 2.23; Hechos 4.27-28).

2- Una comunidad unida en la oración

Al oír el testimonio de Pedro y de Juan, la asamblea reacciona espontáneamente con la oración. Lucas subraya que todos «alzaron unánimes la voz a Dios» (Hechos 4.24). Esta unidad en la oración recuerda la que ya caracterizaba a los discípulos antes de Pentecostés (Hechos 1.14) y que sigue siendo una de las marcas de la joven Iglesia (Hechos 2.42).

El texto relatado por Lucas probablemente no constituye una fórmula recitada al unísono, sino más bien un resumen fiel del contenido esencial de esta oración comunitaria. El evangelista no describe el desarrollo preciso de estos momentos de comunión, pero se ve claramente que los creyentes expresan juntos sus acciones de gracias y sus súplicas delante de Dios.

3- Una oración fundada en la soberanía de Dios

La oración comienza con una afirmación de la soberanía divina: Dios es el Creador del cielo, de la tierra y del mar (Hechos 4.24). Los acontecimientos recientes no se interpretan como simples circunstancias humanas; se sitúan en el marco más amplio del plan divino revelado en las Escrituras.

Los creyentes citan así el Salmos 2.1-2, que aplican a las oposiciones que encontró Jesús y a aquellas a las que ellos mismos se enfrentan (Hechos 4.25-28). La crucifixión de Cristo y la hostilidad de las autoridades no se consideran, pues, fracasos, sino acontecimientos que Dios había permitido soberanamente.

4- Una petición notable

Es particularmente notable que los discípulos no pidan ni la desaparición de sus adversarios, ni el fin de las persecuciones, ni siquiera su propia seguridad. Su única petición consiste en recibir la seguridad necesaria para seguir anunciando fielmente la palabra de Dios (Hechos 4.29).

Piden también que Dios siga confirmando el mensaje del Evangelio con curaciones, milagros y prodigios realizados en el nombre de Jesús (Hechos 4.30).

Su preocupación primera no es, pues, su preservación personal, sino el progreso de la obra de Dios.

5- Una nueva acción del Espíritu Santo

Los creyentes no buscan una experiencia extraordinaria por sí misma. Su deseo es ante todo seguir siendo testigos fieles de Cristo y cumplir la misión confiada por Jesús (Hechos 1.8). Conscientes de su debilidad ante la oposición creciente, ponen su confianza en la asistencia divina.

La respuesta de Dios no se hace esperar. Lucas relata que «el lugar en que estaban congregados tembló» (Hechos 4.31), señal visible de la presencia y de la aprobación divinas que recuerda ciertas manifestaciones del Antiguo Testamento (Exodo 19.18; Isaías 6.4).

El evangelista añade a continuación: «Todos fueron llenos del Espíritu Santo» (Hechos 4.31). No se trata de un nuevo Pentecostés, pues estos creyentes ya habían recibido el Espíritu (Hechos 2.1-4). Lucas describe más bien una acción renovada del Espíritu Santo que concede a los discípulos la fuerza necesaria para proseguir su misión.

A diferencia de los acontecimientos de Pentecostés, no se menciona ningún fenómeno comparable al hablar en lenguas. La manifestación esencial de esta nueva plenitud aparece en sus consecuencias: «anunciaban la palabra de Dios con denuedo» (Hechos 4.31). El valor y la libertad de palabra constituyen así la respuesta directa a la oración formulada unos instantes antes.

6- Una Iglesia transformada por el Espíritu

Por último, Lucas precisa que esta gracia no concierne solo a Pedro y a Juan. Todos los que estaban reunidos participan en esta obra del Espíritu Santo. Desde los primeros días de su existencia, la Iglesia aparece así como una comunidad unida en la oración, sostenida por el poder divino y enteramente consagrada a la proclamación del Evangelio a pesar de las oposiciones del mundo.

Unas semanas antes, los discípulos estaban dispersos y atemorizados en el momento del arresto de Jesús (Marcos 14.50). Ahora, bajo la acción del Espíritu Santo, se enfrentan con seguridad a las mismas autoridades que habían condenado a su Maestro.

Esta notable transformación constituye uno de los temas principales de los primeros capítulos del libro de los Hechos y prepara al lector para el rápido desarrollo de la Iglesia a pesar de las oposiciones crecientes.

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