Lázaro, un hombre de Betania, cae gravemente enfermo. Vive con sus hermanas, , en una casa donde el Mesías Jesús es acogido a menudo con afecto. Las dos mujeres, conscientes del profundo amor que el Mesías Jesús siente por su hermano, le envían un mensaje sencillo y confiado: «Aquel a quien amas está enfermo». No formulan ninguna petición concreta, persuadidas de que su amor basta para impulsarlo a actuar.
El Mesías Jesús recibe la noticia, pero afirma que esta enfermedad no conducirá a la muerte definitiva: servirá para manifestar la gloria de Dios. A pesar de su cariño por esta familia, permanece todavía dos días en el lugar donde se encuentra. Esta demora no es falta de amor, sino una decisión voluntaria, inscrita en un designio mayor.
Pasados esos dos días, el Mesías Jesús anuncia a sus discípulos que vuelve a Judea. Ellos se inquietan, porque la región es peligrosa: hace poco intentaron apedrearlo (PER219, PER260, PER274). El Mesías Jesús les responde que quien camina en la luz no tiene nada que temer. Luego les explica que Lázaro «se ha dormido», una manera de hablar de la muerte que expresa a la vez dulzura y esperanza. Los discípulos toman la expresión al pie de la letra, y el Mesías Jesús tiene que precisar que Lázaro ha muerto de verdad. Añade que se alegra, por ellos, de no haber estado presente, para que crean más en él.
Al llegar cerca de Betania, el Mesías Jesús se entera de que Lázaro lleva ya cuatro días en el sepulcro. Muchos judíos han venido para consolar a en su duelo. Marta sale al encuentro del Mesías Jesús y le dice que, si el Maestro hubiera estado allí, su hermano no habría muerto. Sin embargo, conserva una confianza profunda: sabe que Dios concederá al Mesías Jesús todo lo que pida. Él le responde que su hermano resucitará. Marta piensa en la resurrección final, pero el Mesías Jesús le revela algo más grande: se presenta como «la resurrección y la vida», el que da la vida incluso más allá de la muerte.
María se reúne después con el Mesías Jesús. Cae a sus pies llorando, repitiendo las mismas palabras que su hermana. Él se conmueve profundamente al ver el dolor de María y el de las personas que han venido a consolarla. Se turba interiormente y llora él mismo. Este momento muestra su plena humanidad, su compasión real, su amor sincero por sus amigos. Algunos testigos se asombran de sus lágrimas, otros murmuran que habría podido impedir la muerte de Lázaro.
El Mesías Jesús se dirige entonces al sepulcro, una cueva cerrada con una piedra. Pide que la quiten. Marta vacila: después de cuatro días, el cuerpo debe de estar ya en descomposición. El Mesías Jesús le recuerda que verá la gloria de Dios si cree. Quitan la piedra. El Mesías Jesús levanta los ojos y ora a su Padre, no para ser escuchado, pues sabe que siempre lo es, sino para que la multitud comprenda que el Padre lo ha enviado.
Luego grita con voz fuerte: «¡Lázaro, sal!». El muerto sale, todavía envuelto en vendas y con el rostro cubierto con un sudario. El Mesías Jesús ordena que lo desaten y lo dejen ir. Este milagro, el más espectacular de los que relata Juan, manifiesta a la vez el poder divino del Mesías Jesús y su autoridad sobre la muerte.
Muchos testigos creen en él después de ver esto. Otros van a contar lo sucedido a las autoridades religiosas, lo que desencadenará la decisión oficial de dar muerte al Mesías Jesús. La resurrección de Lázaro se convierte así en la señal definitiva que revela la gloria del Hijo, pero también en el acontecimiento que precipita la Pasión.