La revelación del ángel Gabriel, el mensajero (referencias a Daniel 8.6 y Daniel 9.21), es mencionada exclusivamente por Lucas y nos proporciona información detallada. Indica que este diálogo tuvo lugar en la casa de los padres de María, cuando ella estaba sola. También precisa el período, mencionado dos veces (en los versículos de San Lucas 1.26 y San Lucas 1.36): el sexto mes del embarazo de Isabel, lo que correspondería a enero del año 2 a. C.
Llegamos a esta datación utilizando la información proporcionada en el libro de Daniel, y profundizamos en estas hipótesis en los anexos mencionados al principio de este párrafo.
María relata, pues, a Lucas las circunstancias de la concepción de Jesús. Los detalles recogidos por Lucas, que era médico, pueden sorprender, pero los hechos se describen con precisión en el texto.
¡Fue el Espíritu Santo quien obró esta concepción!
Es importante situar esta revelación en el contexto religioso de la época. El pueblo judío esperaba un Mesías, Siloh (Génesis 49.10), sin saber cómo se manifestaría.
¿Cómo se presentaría?
María, como todos los jóvenes de su época, conocía estas profecías. Por eso comprende rápidamente el mensaje de Gabriel. Su actitud realista impresiona y da testimonio de una fe profunda. Se entera del embarazo de su tía por el ángel y no por noticias traídas por peregrinos que regresaban de Jerusalén. Isabel había guardado el secreto durante los primeros cinco meses (San Lucas 1.24).
El ángel Gabriel (San Lucas 1.32) reafirma la pertenencia de María al linaje real: dará a luz a un descendiente de David.
Comprendemos que María e Isabel son parientes, aunque el grado de parentesco no está claro. La diferencia de edad (San Lucas 1.36) nos lleva a suponer que Isabel era tía de María.
En este punto de su relato, Mateo menciona simplemente que María quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Da a entender claramente que José es ajeno a este embarazo. Al interrogar a María, Lucas reunió información suficiente para detallar estos acontecimientos.