El Mesías Jesús ante el intento de arresto en el templo (Juan 10.31-39)
Juan precisa que las autoridades religiosas todavía buscaban arrestar al Mesías Jesús (Juan 10.39).
A pesar de la creciente tensión, el diálogo sigue siendo posible. El Mesías Jesús expone con calma sus argumentos, mostrando una notable seguridad. Su dominio de la situación demuestra que no padece los acontecimientos, sino que los controla plenamente.
Este tipo de debate no se daba en Galilea; es la cercanía del y la presencia de numerosos en Jerusalén lo que lleva al Mesías Jesús a afrontar intercambios especialmente tensos, a menudo infructuosos en el plano espiritual, pues están marcados por la incredulidad.
Tras las poderosas palabras del Mesías Jesús:
Los jefes religiosos interpretan esta afirmación como una pretensión de divinidad. De inmediato recogen piedras para apedrearlo, convencidos de que comete una blasfemia, pues, según ellos, ningún hombre puede hacerse Dios.
Los judíos consideran esta declaración una grave transgresión de la Ley mosaica.
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Este pasaje enseña: «El que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto.»
Su reacción se inscribe, pues, en una comprensión estrictamente legalista, carente de discernimiento espiritual. Se niegan a reconocer que las obras del Mesías Jesús, sus curaciones, su sabiduría, su compasión, testifican de su origen divino.
Ante la hostilidad creciente, el Mesías Jesús no responde con violencia, sino con la Escritura:
Al citar este pasaje, recuerda que incluso la Ley concede a ciertos hombres un papel encomendado por Dios (los jueces, llamados «dioses» porque ejercen su autoridad).
Entonces, ¡cuánto más legítimo es que aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo sea reconocido como Hijo de Dios!
El Mesías Jesús invita a sus oyentes a juzgar sus obras más que sus palabras:
Sus actos hablan por sí mismos: revelan su unión con el Padre y la verdad de su misión. Pero los corazones de sus adversarios permanecen endurecidos; se niegan a creer, incluso ante la evidencia.
Una vez más, los religiosos intentan arrestarlo, pero su plan fracasa. El Evangelio subraya que el Mesías Jesús se les escapó, no por astucia, sino porque su hora aún no había llegado. Todo se cumple según el plan soberano del Padre.
Después de este episodio, el Mesías Jesús deja Jerusalén y se dirige al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan el Bautista había bautizado en otro tiempo. Allí muchos acuden a él, reconociendo que todo lo que Juan había anunciado acerca de él se ha cumplido.
Este desplazamiento marca un contraste llamativo: en Jerusalén encuentra rechazo y hostilidad; al otro lado del Jordán encuentra fe y acogida.
Este pasaje revela:
- El rechazo del testimonio del Mesías Jesús por parte de las autoridades religiosas;
- La claridad de su identidad divina, afirmada sin rodeos;
- Su respuesta llena de sabiduría, sólidamente anclada en la Escritura;
- La incapacidad de sus adversarios para apresarlo, porque la hora de su pasión aún no había llegado;
- Y, por último, la fe creciente de quienes lo reconocen lejos de los círculos religiosos oficiales.
La o de la Dedicación
¿Las fiestas de peregrinación?