La oración común
La oración relatada en Hechos 4.24-30 constituye la primera oración colectiva desarrollada de la Iglesia primitiva conservada en el libro de los Hechos. Interviene inmediatamente después de la liberación de Pedro y de Juan y revela la manera en que los primeros cristianos interpretaban las persecuciones que comenzaban a sufrir. Esta oración presenta una estructura muy elaborada y pone de relieve varios temas teológicos importantes.
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Una oración comunitaria
Tras su comparecencia ante el Sanedrín, Pedro y Juan se reúnen con los creyentes y les relatan las amenazas de las autoridades (Hechos 4.23). La reacción de la asamblea no es ni el miedo ni la rebelión, sino la oración:
«Alzaron unánimes la voz a Dios» (Hechos 4.24).
Se subraya la unidad de los creyentes. Lucas muestra así que la Iglesia afronta las dificultades en comunión y en dependencia de Dios (Hechos 1.14; Hechos 2.42).
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La invocación del Dios soberano
La oración comienza con una solemne invocación:
«Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay» (Hechos 4.24).
El término griego despotes designa al soberano señor. Los creyentes recuerdan que Dios es el Creador del universo (Génesis 1.1; Salmos 146.6). Así, las decisiones del Sanedrín no pueden poner en entredicho su autoridad suprema.
Esta introducción establece un contraste entre el poder limitado de las autoridades humanas y la soberanía absoluta de Dios.
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La Escritura interpreta los acontecimientos
Los discípulos citan a continuación Salmos 2.1-2:
«¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?» (Hechos 4.25-26).
Este salmo mesiánico ya anunciaba la oposición de los reyes y de los poderosos contra el Mesías. Para los primeros cristianos, pues, los acontecimientos recientes no son inesperados; se inscriben en el plan revelado de Dios.
La Escritura sirve aquí para interpretar la historia, principio que se encuentra con frecuencia en los discursos de Pedro (Hechos 2.16-21; Hechos 3.18).
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Una aplicación histórica del Salmo
Los creyentes identifican a los protagonistas del Salmo:
- Herodes Antipas;
- Poncio Pilato;
- las naciones paganas;
- el pueblo de Israel.
«Herodes y Poncio Pilato se aliaron en esta ciudad con las naciones y con los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús» (Hechos 4.27).
Lucas subraya así un hecho notable: grupos habitualmente enfrentados se unieron contra Jesús (San Lucas 23.12).
La expresión «tu santo siervo Jesús» recuerda las profecías del Siervo sufriente (Isaías 42.1; Isaías 52.13-53.12).
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La soberanía divina y la responsabilidad humana
Los creyentes reconocen que los enemigos de Jesús:
«han hecho todo lo que tu mano y tu consejo habían determinado de antemano» (Hechos 4.28).
Esta afirmación no suprime la responsabilidad de los hombres. Herodes, Pilato y las autoridades judías siguen siendo responsables de sus actos (Hechos 2.23). Sin embargo, su oposición no frustró el designio divino; al contrario, contribuyó al cumplimiento del plan de salvación.
Esta idea ya se encuentra en la historia de José:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50.20).
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Una petición sorprendente
La parte más notable de la oración es sin duda la petición formulada por los discípulos:
«Ahora, Señor, mira sus amenazas» (Hechos 4.29).
No piden:
- la destrucción de sus enemigos;
- el fin de las persecuciones;
- su propia seguridad.
Piden:
«Concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra» (Hechos 4.29).
La palabra griega parresía designa la libertad de palabra, el valor y la franqueza. Este tema aparece con frecuencia en Hechos (Hechos 2.29; Hechos 9.27-28; Hechos 28.31).
Los discípulos desean, ante todo, permanecer fieles a su misión.
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Una petición de confirmación divina
Añaden:
«Extiende tu mano para que se hagan sanidades, señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús» (Hechos 4.30).
Los milagros no se buscan por sí mismos. Deben autenticar el mensaje del Evangelio, como ya ocurrió en la curación del cojo (Hechos 3.1-10) y como Jesús había anunciado (Marcos 16.20; Hebreos 2.3-4).
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Una oración centrada en Dios
Esta oración es notable porque es esencialmente teocéntrica:
- comienza con la soberanía del Creador;
- se apoya en las Escrituras;
- interpreta los acontecimientos a la luz del plan divino;
- reconoce el señorío de Cristo;
- pide no la supresión de las dificultades, sino el valor de proseguir la misión.
Así, ante las primeras persecuciones, la Iglesia primitiva no se considera víctima de acontecimientos incontrolados. Comprende que la oposición encontrada había sido anunciada (Juan 15.18-20) y que nada puede impedir el cumplimiento del designio de Dios. Su prioridad sigue siendo el anuncio del Evangelio con denuedo, en el poder del Espíritu Santo.