En el discurso de Pentecostés, Pedro todavía no desarrolla una doctrina elaborada de la redención, como lo hará más tarde Pablo en sus epístolas, pero todos los elementos esenciales ya están presentes. Su mensaje se centra en la persona de Jesús, su muerte, su resurrección y el perdón de los pecados concedido en su nombre.
1- La muerte de Jesús forma parte del plan de Dios
Pedro afirma que la crucifixión no es un accidente de la historia:
«A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, vosotros lo crucificasteis» (Hechos 2.23).
Así, la muerte del Mesías se inscribe en el designio redentor de Dios. La responsabilidad humana es real, pero se ejerce dentro del marco del plan divino, ya anunciado por los profetas (Isaías 53.4-6; Isaías 53.10).
2- La resurrección confirma el valor de su sacrificio
Pedro proclama a continuación:
«Dios lo levantó» (Hechos 2.24).
La resurrección aparece como la prueba de que Dios aceptó la obra del Mesías. Constituye la respuesta divina a la condena pronunciada por los hombres (Romanos 4.25).
3- Jesús exaltado es ahora Señor y Mesías
La cumbre del discurso se alcanza cuando Pedro declara:
«Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2.36).
Aquel que fue rechazado y llevado a la muerte es ahora reconocido como el Señor exaltado. La redención está, por tanto, vinculada a su persona.
4- El perdón de los pecados se obtiene en su nombre
Cuando la multitud pregunta:
«Hermanos, ¿qué haremos?» (Hechos 2.37),
Pedro responde:
«Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados» (Hechos 2.38).
Esta declaración es capital. El perdón ya no está asociado a los sacrificios repetidos del Templo (Levítico 4.20), sino a la persona del Señor Jesús. Pedro afirma implícitamente que la obra realizada por el Mesías basta para procurar la remisión de los pecados.
5- El discurso contiene ya los fundamentos de la doctrina cristiana de la salvación
Aunque los términos «expiación», «justificación» o «reconciliación» todavía no se emplean, Pedro ya proclama:
- la muerte del Mesías (Hechos 2.23);
- su resurrección (Hechos 2.24);
- su exaltación (Hechos 2.33-36);
- el perdón de los pecados en su nombre (Hechos 2.38);
- el don del Espíritu Santo (Hechos 2.38-39).
Los desarrollos teológicos posteriores de Pablo no harán sino explicitar aún más estas verdades fundamentales (Romanos 3.24-26; 1 Corintios 15.1-4; Efesios 1.7).
Podríamos resumir así el pensamiento de Pedro:
Por su muerte querida por Dios, su resurrección y su exaltación, Jesús se ha convertido en la fuente del perdón de los pecados y de la salvación. En adelante, la redención ya no se busca en los sacrificios del Templo, sino en la fe en el Señor Jesucristo y en su sacrificio único, cuyo valor salvador queda atestiguado por su resurrección y su exaltación a la diestra de Dios.
Así, desde Pentecostés, Pedro sienta las bases de la teología cristiana de la redención, que se desarrollará con más detalle en el resto del Nuevo Testamento.