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La oración de Daniel en Daniel 2.20-23: estructura y teología

Daniel 2.19 refiere el giro decisivo del relato: «Entonces el misterio fue revelado a Daniel en una visión durante la noche.» Daniel…

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1. El lugar estratégico de la oración

Daniel 2.19 refiere el giro decisivo del relato:

«Entonces el misterio fue revelado a Daniel en una visión durante la noche.»

Daniel habría podido dirigirse inmediatamente al rey.

Sin embargo, el texto indica:

«Daniel bendijo al Dios del cielo» (Daniel 2.19).

Esta reacción es significativa.

Daniel comienza volviéndose hacia aquel que le comunicó la revelación.

La oración de Daniel 2.20-23 se sitúa, pues, entre dos momentos esenciales:

la recepción del misterio en Daniel 2.19;

su comunicación al rey a partir de Daniel 2.24.

Esta posición le confiere una función interpretativa. Antes de que Nabucodonosor oiga la explicación de su sueño, el lector sabe cómo comprende Daniel mismo, teológicamente, lo que acaba de ocurrir.

2. Una oración de bendición y no una nueva petición

Daniel y sus compañeros habían pedido antes a Dios su compasión:

«para que no mataran a Daniel y a sus compañeros junto con el resto de los sabios de Babilonia» (Daniel 2.18).

Tras la revelación, la petición se convierte en alabanza.

Daniel ya no pide que se le comunique el misterio: da gracias a Dios por haberlo dado a conocer.

Esta sucesión es importante:

la crisis conduce a la oración;

la oración precede a la revelación;

la revelación conduce a la alabanza;

la alabanza precede al testimonio ante el rey.

La respuesta divina no va seguida, pues, inmediatamente de la acción pública de Daniel. Va seguida primero del reconocimiento.

3. «Sea bendito el nombre de Dios»

Daniel comienza:

«¡Sea bendito el nombre de Dios de eternidad a eternidad!» (Daniel 2.20).

En el lenguaje bíblico, el «nombre» de Dios no constituye una simple designación. Remite a Dios tal como se da a conocer.

Bendecir el nombre de Dios equivale, pues, a proclamar su grandeza y a reconocer sus atributos.

La expresión «de eternidad a eternidad» introduce de inmediato una diferencia entre Dios y los reinos que se describirán después.

Los imperios poseen una duración limitada.

Dios permanece.

Esta oposición entre el carácter temporal de los reinos y la permanencia divina recorrerá toda la interpretación del sueño.

4. «La sabiduría y el poder le pertenecen»

Daniel prosigue:

«Suyos son la sabiduría y el poder» (Daniel 2.20).

Estos dos atributos corresponden exactamente a las dos grandes cuestiones planteadas por el capítulo.

La sabiduría concierne al conocimiento del misterio.

El poder concierne a la soberanía sobre la historia y los reinos.

Nabucodonosor posee una gran fuerza política, pero no posee la sabiduría necesaria para conocer el sentido de su propio sueño.

Los sabios babilonios poseen un saber reconocido, pero no pueden revelar el misterio.

En Dios, por el contrario, sabiduría y poder están unidos.

Él conoce lo que debe suceder y posee la autoridad sobre los tiempos en que esos acontecimientos se producen.

5. La sabiduría de Daniel sigue siendo una sabiduría recibida

Daniel 1 ya había afirmado:

«Dios dio a estos cuatro jóvenes conocimiento e inteligencia en todas las letras y en toda sabiduría. Daniel además entendía todas las visiones y sueños» (Daniel 1.17).

Daniel 2 confirma este origen.

Daniel nunca se presenta como autónomo en su sabiduría.

En su oración, declara:

«Él da la sabiduría a los sabios y la ciencia a los entendidos» (Daniel 2.21).

Incluso la sabiduría que posee el sabio sigue siendo, pues, un don.

Esta convicción explica la actitud de Daniel ante Nabucodonosor:

«No porque haya en mí una sabiduría superior a la de todos los seres vivientes me ha sido revelado este misterio» (Daniel 2.30).

Daniel se niega así a transformar el don recibido en motivo de autoglorificación.

6. «Él muda los tiempos y las edades»

Daniel 2.21 contiene una de las afirmaciones teológicas más importantes del capítulo:

«Él muda los tiempos y las edades.»

Los términos empleados evocan los períodos y los momentos determinados.

Dios no es, pues, solamente aquel que conoce los acontecimientos después de que aparecen.

Posee una autoridad sobre el desarrollo mismo de los tiempos.

Esta afirmación prepara directamente la sucesión de los reinos anunciada por la estatua.

Los períodos de dominio político no son eternos.

A un reino se le concede un tiempo; luego viene el de otro.

La visión de la estatua dará una forma simbólica a lo que la oración afirma aquí en forma teológica.

7. «Quita reyes y pone reyes»

Daniel precisa:

«Quita reyes y pone reyes» (Daniel 2.21).

Esta afirmación es particularmente audaz en el contexto del relato.

Daniel vive en Babilonia bajo la autoridad de Nabucodonosor, soberano victorioso que ha impuesto su poder a Judá y a otros territorios.

Sin embargo, Daniel no considera al rey la fuente última de su propio poder.

Esta convicción ya se había formulado en Daniel 1.2:

«El Señor entregó en sus manos a Joacim, rey de Judá.»

Será repetida ante Nabucodonosor:

«El Dios del cielo te ha dado el reino, el poder, la fuerza y la majestad» (Daniel 2.37).

La oración, el relato y la interpretación expresan, pues, la misma teología.

8. El verbo «dar» recorre los primeros capítulos

Un motivo literario importante aparece así en torno a la acción de Dios que «da».

En Daniel 1.2, Dios entrega a Joacim en manos de Nabucodonosor.

En Daniel 1.9, Dios concede a Daniel favor y compasión ante el jefe de los eunucos.

En Daniel 1.17, Dios da a los cuatro jóvenes conocimiento e inteligencia.

En Daniel 2.21, Dios da la sabiduría a los sabios.

En Daniel 2.23, Daniel da gracias a Dios por haberle dado sabiduría y fuerza.

En Daniel 2.37, Daniel declara que Dios ha dado a Nabucodonosor el reino, el poder, la fuerza y la gloria.

Esta repetición contribuye a la teología de los primeros capítulos.

Lo que poseen los personajes nunca se presenta como plenamente autónomo.

Tanto el poder del rey como la sabiduría de Daniel son, a niveles distintos, recibidos.

9. «Él revela lo profundo y lo escondido»

Daniel prosigue:

«Él revela lo profundo y lo escondido» (Daniel 2.22).

Esta frase responde directamente a la crisis inicial.

El contenido del sueño está oculto a los sabios.

Está también oculto a Daniel hasta que Dios lo revela.

El vocabulario de la revelación constituye así uno de los hilos conductores del capítulo.

Daniel 2.19: «el misterio fue revelado a Daniel».

Daniel 2.22: Dios «revela lo profundo y lo escondido».

Daniel 2.28: «hay un Dios en los cielos que revela los misterios».

Daniel 2.29: «el que revela los misterios te ha declarado lo que ha de ser».

Daniel 2.47: Nabucodonosor reconoce a Dios como «el que revela los misterios».

La oración de Daniel se encuentra, pues, en el centro de una cadena literaria que atraviesa todo el capítulo.

10. «Él conoce lo que está en tinieblas»

Daniel añade:

«Él conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él» (Daniel 2.22).

El contraste entre tinieblas y luz expresa aquí la diferencia entre lo que permanece oculto para el ser humano y lo que Dios conoce.

El misterio del sueño pertenece, desde el punto de vista humano, a las cosas ocultas.

Para Dios no existe oscuridad alguna de esta naturaleza.

Esta afirmación va más allá del solo sueño de Nabucodonosor.

Presenta a Dios como poseedor de un conocimiento al que no se aplican las limitaciones humanas.

El conocimiento divino no depende de una investigación o de una técnica que permita descubrir progresivamente una información desconocida.

11. De la teología general a la acción de gracias personal

Los versículos 20-22 hablan principalmente de Dios en tercera persona:

«Suyos son la sabiduría y el poder.»

«Él muda los tiempos.»

«Quita reyes y pone reyes».

«Da la sabiduría.»

«Revela lo escondido.»

Luego Daniel pasa a la segunda persona:

«Oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo» (Daniel 2.23).

La oración pasa así de la proclamación general al reconocimiento personal.

El Dios soberano de los tiempos y de los reyes es también el que acaba de responder concretamente a Daniel.

Esta articulación impide que la teología del capítulo se vuelva abstracta.

El Dios que dirige la historia es también aquel a quien Daniel invoca en una situación precisa de peligro.

12. «Dios de mis padres»

Daniel llama a Dios:

«Dios de mis padres» (Daniel 2.23).

Esta expresión tiene una importancia particular en el contexto del exilio.

Daniel se encuentra en Babilonia.

Ha recibido un nombre babilónico.

Ha sido formado en la literatura y la lengua del imperio (Daniel 1.4, 7).

Sirve en la administración real.

Sin embargo, cuando ora, su identidad religiosa sigue vinculada al Dios de sus padres.

La integración administrativa en Babilonia no ha borrado, pues, su pertenencia al pueblo de Israel.

Esta fidelidad identitaria constituye uno de los temas permanentes del libro.

13. «Me has dado sabiduría y fuerza»

Daniel declara:

«Me has dado sabiduría y fuerza» (Daniel 2.23).

La fórmula recoge casi exactamente los atributos que se atribuyen a Dios al comienzo de la oración:

«Suyos son la sabiduría y el poder» (Daniel 2.20).

La estructura es significativa.

La sabiduría y la fuerza pertenecen a Dios.

Daniel puede recibirlas.

La diferencia entre el Creador y su siervo queda, pues, claramente establecida.

Daniel posee una sabiduría excepcional, pero es derivada.

Dios es su fuente.

14. «Nos has dado a conocer»

El final de la oración merece una atención particular:

«Me has hecho saber lo que te pedimos; nos has dado a conocer el asunto del rey» (Daniel 2.23).

Daniel utiliza sucesivamente el singular y el plural.

La revelación fue concedida directamente a Daniel:

«el misterio fue revelado a Daniel» (Daniel 2.19).

Pero la petición había sido presentada colectivamente con sus compañeros (Daniel 2.17-18).

Daniel no olvida, pues, a los que han orado con él.

La respuesta recibida personalmente sigue siendo, en su acción de gracias, la respuesta a una petición colectiva.

Esta observación prepara Daniel 2.49, donde Daniel tampoco olvidará a sus compañeros en el momento de su elevación.

15. La oración contiene ya la interpretación teológica de la estatua

Antes incluso de que el lector oiga:

«Tú eres aquella cabeza de oro» (Daniel 2.38),

ya sabe que Dios:

«quita reyes, y pone reyes» (Daniel 2.21).

Antes de oír la sucesión de los reinos, sabe que Dios:

«muda los tiempos y las edades».

Antes de oír que Dios establecerá un reino que jamás será destruido, sabe que la sabiduría y el poder le pertenecen.

Esta disposición del texto es esencial.

Significa que la estatua no debe interpretarse independientemente de la oración.

La profecía histórica está enmarcada por una confesión teológica.

16. La oración impide una lectura exclusivamente cronológica de Daniel 2

Daniel 2 puede suscitar naturalmente un gran interés por la identificación de los reinos y su sucesión.

Este interés es legítimo, puesto que el propio Daniel interpreta las diferentes partes de la estatua como reinos.

Pero la oración impide reducir el capítulo a una cronología profética.

Para Daniel, conocer la sucesión de los imperios no es el mensaje último.

La cuestión esencial es saber quién domina esa sucesión.

Daniel responde antes incluso de explicar la estatua:

«Quita reyes y pone reyes» (Daniel 2.21).

Un estudio de los reinos que descuidara esta afirmación pasaría, pues, por alto el centro teológico del capítulo.

17. Una teología confirmada por los capítulos siguientes

Las afirmaciones de Daniel 2.20-23 se convierten progresivamente en temas mayores del libro.

Daniel 4 muestra a Dios humillando a Nabucodonosor hasta que reconozca:

«que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere» (Daniel 4.25).

Daniel 5 muestra a Belsasar confrontado con el fin de su reino:

«Dios ha medido tu reino, y le ha puesto fin» (Daniel 5.26).

Daniel 7 presenta finalmente los reinos humanos sometidos al juicio divino y reemplazados por un dominio eterno (Daniel 7.9-14, 26-27).

La breve oración de Daniel 2 contiene, pues, de forma condensada varias afirmaciones que estructurarán los capítulos siguientes.

18. Una oración sin petición de venganza

Merece destacarse otro aspecto.

Daniel acaba de saber que un decreto ordena su muerte y la de sus compañeros.

Sin embargo, su oración no contiene ninguna petición de venganza contra Nabucodonosor ni contra los sabios babilonios.

Celebra la sabiduría, el poder y la soberanía de Dios.

Después de esta oración, Daniel pedirá incluso:

«No mates a los sabios de Babilonia» (Daniel 2.24).

La conciencia de la soberanía divina no lleva, pues, a Daniel a buscar la eliminación de sus adversarios.

Le da, por el contrario, la libertad de actuar con dominio de sí en una situación que amenazaba su propia vida.

19. Una teología de la historia en unos pocos versículos

Daniel 2.20-23 reúne finalmente cuatro afirmaciones fundamentales.

Dios posee la sabiduría.Conoce lo que permanece inaccesible a los hombres.

Dios posee el poder.Su autoridad supera la de los soberanos.

Dios gobierna los tiempos.Los períodos históricos no escapan a su control.

Dios establece y derriba a los reyes.Ningún poder político es absoluto ni .

Estas cuatro afirmaciones constituyen el fundamento teológico de la interpretación que sigue.

20. Conclusión

La oración de Daniel no es una interrupción entre la revelación del sueño y su interpretación.

Proporciona su clave.

La estatua mostrará visualmente lo que Daniel acaba de expresar verbalmente: los reinos aparecen, dominan y luego desaparecen, mientras que Dios permanece soberano sobre los tiempos.

Daniel no comienza, pues, intentando identificar los metales.

Comienza bendiciendo a Dios.

Esta prioridad es determinante para toda lectura del capítulo.

El interés profético de Daniel 2 es real, pero descansa sobre una afirmación teológica más fundamental:

celui qui révèle l'avenir est également celui qui gouverne l'histoire.

Por eso la frase «muda los tiempos y las edades, quita reyes y pone reyes» (Daniel 2.21) puede considerarse una de las principales claves de interpretación de todo el sueño de Nabucodonosor.