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Los sabios de Babilonia: magos, astrólogos, hechiceros y caldeos

Cuando Nabucodonosor se turba por sus sueños, hace llamar a: «los magos, los astrólogos, los hechiceros y los caldeos» (Daniel 2.2). Estos…

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1. Los especialistas convocados por Nabucodonosor

Cuando Nabucodonosor se turba por sus sueños, hace llamar a:

«los magos, los astrólogos, los hechiceros y los caldeos» (Daniel 2.2).

Estos hombres deben:

«explicarle sus sueños» (Daniel 2.2).

El pasaje reúne, pues, varias categorías de especialistas en torno a una misma función inmediata: responder a la petición del soberano acerca de su sueño.

Daniel 2.27 emplea una enumeración comparable cuando Daniel declara:

«El misterio que el rey demanda, ni los sabios, ni los astrólogos, ni los magos, ni los adivinos pueden revelarlo al rey.»

La diversidad de los términos muestra que la corte real disponía, en la representación del libro, de varias categorías de consejeros especializados.

2. La adivinación en el mundo mesopotámico

La consulta de las señales ocupaba un lugar importante en la cultura erudita mesopotámica.

Los fenómenos celestes, los sueños, ciertas anomalías, los acontecimientos naturales y diversas señales podían interpretarse como portadores de información sobre el futuro o sobre la voluntad divina.

Estas prácticas no pertenecían simplemente a lo que el pensamiento moderno calificaría de superstición popular.

Algunas formaban parte de tradiciones eruditas complejas, transmitidas y organizadas por especialistas.

A lo largo de la historia mesopotámica se constituyeron vastas colecciones de presagios. Permitían relacionar un fenómeno observado con un acontecimiento considerado susceptible de corresponderle.

La corte real constituía naturalmente uno de los lugares privilegiados para el uso de estos saberes, puesto que las decisiones políticas, militares y dinásticas podían estar ligadas a la interpretación de señales juzgadas significativas.

3. Los «magos»

El primer grupo de Daniel 2.2 se traduce tradicionalmente por «magos».

El término arameo empleado pertenece al mismo conjunto léxico que el que se encuentra en Daniel 1.20, donde Daniel y sus compañeros son comparados con los especialistas de la corte.

La traducción «magos» es tradicional, pero puede resultar engañosa para un lector moderno si evoca principalmente el ilusionismo.

En el contexto de Daniel, se trata de especialistas pertenecientes al entorno religioso y erudito de la corte.

Sus actividades podían asociarse a la interpretación de señales, a prácticas rituales o a diversas formas de saber tradicional.

Es, pues, preferible entender el término en su contexto mesopotámico y no a partir del sentido moderno de la palabra «mago».

4. Los especialistas en prácticas de encantamiento

Otra categoría mencionada en Daniel 2.2 se traduce a menudo por «hechiceros».

También aquí, el vocabulario moderno corre el riesgo de simplificar una realidad antigua más compleja.

Mesopotamia conocía diversas prácticas rituales y de encantamiento destinadas en particular a responder a situaciones consideradas peligrosas, impuras o ligadas a la acción de fuerzas hostiles.

Los especialistas podían recitar fórmulas, realizar ritos y utilizar tradiciones transmitidas en ambientes eruditos.

Daniel no describe sus técnicas.

Su objetivo es simplemente mostrar que los diferentes recursos religiosos de la corte se movilizan ante la crisis provocada por el sueño.

5. Los adivinos y la interpretación de las señales

Daniel 2.27 menciona también a los «adivinos».

La adivinación constituye una categoría particularmente importante para comprender el trasfondo del capítulo.

En el Próximo Oriente antiguo, la adivinación se basaba en la idea de que ciertas señales podían proporcionar indicaciones sobre acontecimientos futuros.

Los especialistas buscaban, pues, interpretar datos disponibles.

Es precisamente esto lo que hace tan difícil la petición de Nabucodonosor.

Normalmente, el intérprete dispone de un fenómeno que interpretar: un sueño relatado, una señal observada o un presagio identificado.

Nabucodonosor exige más.

Pide a los especialistas que le comuniquen primero el contenido del sueño y luego su interpretación (Daniel 2.5-9).

Su sistema de conocimiento queda así privado de su punto de partida.

6. Los caldeos: un término con varios sentidos

El término «caldeos» merece una atención particular.

Históricamente, los caldeos son en primer lugar poblaciones asentadas principalmente en el sur de Mesopotamia.

La dinastía a la que pertenece Nabucodonosor se asocia comúnmente con este período llamado neobabilónico o caldeo.

Sin embargo, en Daniel el término puede designar también una categoría de especialistas de la corte.

En Daniel 2.2, los caldeos aparecen en una lista que comprende otros grupos eruditos.

En Daniel 2.4:

«Los caldeos respondieron al rey en arameo.»

Se convierten entonces en los portavoces del conjunto de los especialistas convocados.

Hay que distinguir, pues, el sentido étnico o histórico del término de su empleo profesional en ciertos pasajes del libro.

7. Los caldeos como portavoces de los sabios

A partir de Daniel 2.4, son principalmente los caldeos quienes dialogan con Nabucodonosor.

Declaran:

«¡Rey, vive para siempre! Di el sueño a tus siervos y nosotros daremos la interpretación» (Daniel 2.4).

Su respuesta es lógica.

No se niegan a interpretar el sueño.

Piden que se les comunique.

El problema aparece cuando Nabucodonosor mantiene su exigencia:

«Si no me hacéis saber el sueño y su interpretación, seréis hechos pedazos» (Daniel 2.5).

El conflicto no versa, pues, tanto sobre su capacidad habitual de interpretar los sueños como sobre la exigencia excepcional de revelar un contenido al que no tienen acceso.

8. Una distinción importante entre interpretación y revelación

Esta diferencia constituye una de las claves de Daniel 2.

Los especialistas babilonios proponen una interpretación a partir de una información que debería serles proporcionada.

Daniel recibe una revelación sobre una información que le era desconocida.

Esta distinción aparece en la formulación misma del relato:

«El misterio fue revelado a Daniel en una visión durante la noche» (Daniel 2.19).

Daniel no descubrió el sueño mediante un método más perfeccionado que los de los caldeos.

Lo recibió.

Por eso puede declarar:

«Este misterio [...] ni los sabios, ni los astrólogos, ni los magos, ni los adivinos pueden revelarlo al rey. Pero hay en el cielo un Dios que revela los misterios» (Daniel 2.27-28).

El contraste no es, pues, simplemente el de dos técnicas rivales.

Opone lo que se puede obtener con los recursos humanos disponibles y lo que Dios elige revelar.

9. La confesión de los caldeos

La respuesta de los caldeos alcanza su punto culminante en Daniel 2.10-11:

«No hay hombre sobre la tierra que pueda hacer lo que el rey demanda.»

Añaden:

«Lo que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda revelar al rey, salvo los dioses, cuya morada no está entre los seres humanos.»

Esta declaración cumple una función esencial en el relato.

Los propios especialistas definen el límite de su saber.

No pretenden que una técnica mejor permitiría resolver el problema.

Declaran la petición inaccesible al ser humano.

El relato prepara así la revelación concedida a Daniel.

10. Una confrontación entre dos fuentes de conocimiento

Daniel 2 se presenta a veces como una confrontación entre Daniel y los magos de Babilonia.

Esta formulación es parcialmente exacta, pero resulta insuficiente.

El propio Daniel afirma:

«No porque haya en mí una sabiduría superior a la de todos los seres vivientes me ha sido revelado este misterio» (Daniel 2.30).

Rechaza, pues, explícitamente convertir el episodio en una competición personal.

La oposición fundamental concierne a las fuentes de conocimiento.

Por un lado están los recursos disponibles para los especialistas de la corte.

Por otro está el Dios que puede revelar lo que permanece oculto a los hombres.

Daniel solo es superior en el relato porque recibe lo que no podría conocer por sí mismo.

11. ¿Pertenece Daniel mismo a los sabios de Babilonia?

La respuesta debe matizarse.

Daniel está claramente integrado en el sistema administrativo en el que los sabios ejercen sus funciones.

El decreto de muerte le afecta:

«Se buscaba a Daniel y a sus compañeros para darles muerte» (Daniel 2.13).

Al final del capítulo, Nabucodonosor:

«lo hizo jefe supremo de todos los sabios de Babilonia» (Daniel 2.48).

Administrativamente, Daniel pertenece, pues, al ámbito de los sabios de la corte e incluso llega a recibir autoridad sobre ellos.

Religiosa y metodológicamente, sin embargo, el relato establece una distinción radical.

Daniel no recurre a las prácticas adivinatorias descritas en el entorno babilónico.

Ora al «Dios del cielo» (Daniel 2.18).

El misterio le es revelado (Daniel 2.19).

Da gracias a Dios (Daniel 2.20-23).

Atribuye públicamente la revelación a Dios (Daniel 2.27-30).

Su pertenencia institucional no significa, pues, una identidad de práctica religiosa.

12. ¿Por qué pide Daniel que se perdone a los sabios?

Después de recibir la revelación, Daniel se dirige a Arioc y le dice:

«¡No mates a los sabios de Babilonia! Llévame ante el rey y yo daré al rey la interpretación» (Daniel 2.24).

Esta petición es notable.

Daniel habría podido aprovechar el fracaso de los sabios para lograr su eliminación y reforzar su propia posición.

Hace exactamente lo contrario.

El texto no dice que apruebe sus creencias o sus prácticas.

Pide simplemente que no sean ejecutados.

La distinción es importante: desaprobar un sistema religioso no significa desear la muerte de quienes pertenecen a él.

La liberación concedida a Daniel se convierte indirectamente en una liberación para quienes habían sido condenados con él.

13. Daniel llega a ser responsable de los sabios sin convertirse en practicante de sus métodos

Daniel 2.48 podría suscitar una dificultad:

«El rey [...] lo hizo jefe supremo de todos los sabios de Babilonia.»

¿Cómo puede Daniel ejercer una responsabilidad sobre especialistas algunas de cuyas prácticas son incompatibles con la revelación bíblica?

El texto no describe el contenido administrativo exacto de esta función.

No permite, pues, afirmar que Daniel habría practicado o dirigido personalmente cada uno de los ritos asociados a los diferentes grupos.

El capítulo establece, por el contrario, con insistencia la diferencia entre su manera de recibir el conocimiento y la de los especialistas babilonios.

La función debe entenderse, por tanto, como una posición de responsabilidad en la organización real y no como la prueba de una adhesión a todas las prácticas religiosas de quienes dependen de esa administración.

14. La ley bíblica y las prácticas adivinatorias

La distinción es tanto más importante cuanto que la prohíbe varias formas de adivinación y de prácticas ocultas.

Deuteronomio 18.10-12 menciona en particular la adivinación, la magia, los encantamientos y diversas prácticas que pretenden obtener un acceso prohibido al mundo espiritual.

Daniel, como judeo fiel al Dios de Israel, no puede entenderse, pues, como alguien que recibe su conocimiento por esos medios sin contradecir la lógica misma del relato.

Daniel 2 insiste precisamente en otra vía: la oración y la revelación concedida por Dios.

La diferencia no es, pues, solamente técnica.

Es teológica.

15. Daniel 2 no describe explícitamente un combate contra potencias demoníacas

El contexto religioso del capítulo podría llevar a interpretar la escena como una confrontación directa entre Dios y potencias demoníacas que actuarían detrás de los sabios babilonios.

Una lectura así puede inscribirse en una teología bíblica más general, pero Daniel 2 no formula el conflicto de esta manera.

El texto insiste principalmente en la incapacidad de los sabios para conocer el misterio y en la capacidad de Dios para revelarlo.

Conviene, pues, no hacer decir al pasaje más de lo que dice.

La confrontación descrita explícitamente es una confrontación entre la sabiduría disponible en la corte y la revelación del Dios del cielo.

16. Un contraste que recuerda el Egipto de José

La situación tiene un notable paralelo con Génesis 41.

El faraón tiene un sueño que lo turba y convoca a:

«todos los magos de Egipto y a todos sus sabios» (Génesis 41.8).

No pueden darle una interpretación satisfactoria.

José es entonces llevado ante el faraón.

Pero rechaza de inmediato atribuirse el poder de interpretar:

«¡No yo! Dios será quien dé una respuesta favorable al faraón» (Génesis 41.16).

Daniel actúa según una lógica comparable:

«No porque haya en mí una sabiduría superior [...] me ha sido revelado este misterio» (Daniel 2.30).

En los dos relatos, un soberano extranjero consulta a los especialistas de su reino; estos fracasan; un siervo del Dios de Israel recibe la solución; y este atribuye inmediatamente el conocimiento a Dios.

17. La función teológica de los sabios en Daniel 2

Los sabios babilonios desempeñan finalmente un papel esencial en la demostración del capítulo.

Su fracaso establece el límite de los recursos humanos.

Su confesión de Daniel 2.10-11 define el problema.

La revelación concedida a Daniel proporciona la respuesta.

La declaración de Nabucodonosor en Daniel 2.47 proporciona la conclusión:

«Vuestro Dios es verdaderamente el Dios de los dioses, el Señor de los reyes y el que revela los misterios.»

El relato no busca, pues, simplemente ridiculizar a los sabios babilonios.

Su incapacidad sirve para poner de relieve una distinción teológica fundamental: el ser humano puede interpretar lo que le es accesible, pero solo Dios puede revelar lo que ha elegido mantener oculto.

18. Conclusión

Las diferentes categorías mencionadas en Daniel 2 corresponden al entorno erudito, religioso y adivinatorio de una corte mesopotámica.

Su presencia permite comprender por qué Nabucodonosor se dirige naturalmente a ellas tras su sueño.

Pero la petición real sobrepasa lo que sus métodos pueden proporcionar.

Los caldeos reconocen ellos mismos que ningún ser humano puede revelar tal cosa (Daniel 2.10-11).

Daniel no responde reivindicando una competencia superior.

Confirma, por el contrario, su diagnóstico sobre los límites humanos y añade luego el elemento que ellos no pueden proporcionar:

«Hay en el cielo un Dios que revela los misterios» (Daniel 2.28).

La distinción fundamental de Daniel 2 no opone, pues, a unos magos mediocres con un mago más poderoso.

Opone los límites del conocimiento humano a la libertad soberana del Dios que revela lo que está oculto.