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Las exigencias técnicas de la edición en el siglo I

Este anexo explora las limitaciones técnicas de la edición en el siglo I que explican ciertas omisiones en los Evangelios. La escritura sobre papiro costoso, el monopolio egipcio sobre este material y la escritura uncial manuscrita, sin espacios ni puntuación, imponían a los evangelistas decisiones editoriales rigurosas. Estos límites materiales, y no lagunas históricas, explican por qué acontecimientos como el viaje a Egipto están ausentes de algunos relatos evangélicos.

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Introducción

El aspecto de las limitaciones técnicas de la edición del siglo I nos parece importante, porque permite explicar la falta de información que encontramos a veces en los textos de los autores de los Evangelios.

Tuvimos ocasión de subrayarlo con respecto al viaje a Egipto, que Lucas no menciona. Esto nos da la impresión de que Lucas había previsto inicialmente redactar un texto mucho más largo y detallado. Sin embargo, al ultimar su texto, tuvo que suprimir ciertos pasajes para ajustarse a las exigencias técnicas de edición de su época.

I. La escritura en el siglo I en Israel

La edición en el siglo I en Israel, como en el resto del Imperio romano, era un proceso complejo y laborioso. Los textos se escribían generalmente a mano en rollos de papiro o de pergamino, lo que limitaba la extensión de los documentos.

Además, la ausencia de tecnologías de impresión modernas significaba que cada copia debía reproducirse manualmente, lo que hacía que el proceso de edición fuera largo y costoso.

Por otra parte, los autores debían enfrentarse a menudo a limitaciones de espacio. Los rollos de papiro y de pergamino eran costosos y su tamaño era limitado, lo que significaba que los autores debían con frecuencia reducir o condensar su obra para que cupiera en un solo rollo.
Esto podría explicar por qué ciertos detalles o acontecimientos fueron omitidos o abreviados en los textos de la época y, en particular, en nuestros Evangelios.

Conviene subrayar que la alfabetización no estaba muy extendida en aquella época, lo que restringía el público potencial de las obras escritas. Además, la diversidad lingüística del Imperio romano implicaba que los textos debían traducirse con frecuencia a varias lenguas para llegar a un público más amplio.

En efecto, observamos una rápida traducción de los textos de los Evangelios, redactados originalmente en arameo, al griego, que se imponía entonces como lengua internacional.

Por último, conviene mencionar que la edición en el siglo I no era solo una cuestión de limitaciones técnicas. Los autores debían también desenvolverse en un panorama cultural y político complejo, en el que las cuestiones de censura, mecenazgo y propaganda desempeñaban a menudo un papel importante.

Está claro, pues, que la edición en el siglo I en Israel era un proceso complejo, sometido a una variedad de limitaciones técnicas, culturales y políticas.

II. Las dos grandes dificultades técnicas

Puede resultarnos difícil comprender las limitaciones de las ediciones del siglo I a quienes hoy disfrutamos de procedimientos de escritura increíblemente eficaces y accesibles para todos, así como de papel a un precio irrisorio. Hoy en día, nadie pensaría en borrar una hoja de papel para reutilizarla.

En el siglo I se escribía sobre papiros, fabricados a partir de una planta del mismo nombre cultivada en las orillas del Nilo. Egipto era, por tanto, el principal proveedor. Su fabricación, compleja para la época, lo convertía en un producto muy costoso. Además, el monopolio casi exclusivo de Egipto le permitía imponer sus precios, no siempre razonables. Algunos papiros incluso se borraban rascándolos, con mayor o menor eficacia, para ser reutilizados, tan elevados eran sus costos.

Es evidente, pues, que solo se escribía lo que era importante, y que estos escritos se conservaban con esmero. El material biodegradable de estos papiros provocó su destrucción con el tiempo, a pesar del clima seco de la región. Afortunadamente existen algunas excepciones. Las hojas de papiro, de un formato semejante a nuestro A4, se pegaban y formaban un rollo. Solo se desenrollaba para la lectura. Nos encontramos así ante una primera limitación: la dimensión del soporte, que condicionaba el precio. ¡El papiro más largo que se ha encontrado mide 41 m! Esta dimensión sigue siendo muy excepcional.

La segunda dificultad es la escritura, que se hacía a mano. Cada copia se transcribía, pues, manualmente en escritura uncial, en el caso de los manuscritos más antiguos. Está compuesta únicamente por mayúsculas sin separación y sin puntuación, lo que permitía ahorrar espacio. Su lectura no era muy fácil.

Si transcribimos, en escritura uncial, el conocido versículo de Juan 3.16, obtenemos:

Juan 3.16 (NEG)
CARDIEUATANTAIMELEMONDEQUILADONNESONFILS

UNIQUEAFINQUEQUICONQUECROITENLUINEPERISSE

PASMAISQUILAITLAVIEETERNELLE

Constatamos que, si ganamos espacio, perdemos legibilidad. Por esta razón, por cierto, existían en aquella época los lectores. Los papiros solo se escribían por el interior del rollo.

III. El contexto político

Cabe señalar que los autores de los Evangelios redactaron sus textos, en cierto modo, en la clandestinidad. Las autoridades religiosas judías de la época, así como los , no deseaban la difusión de tales escritos, que consideraban subversivos.

Por consiguiente, Mateo y los apóstoles no lanzaron una campaña publicitaria para difundir el primer Evangelio. Estos escritos surgieron, pues, en la clandestinidad. El único medio de obtener una copia era pedir prestado el original y reproducirlo a mano. Además de esta dificultad mayor, había que adquirir un rollo de papiro, cuyo costo era extremadamente elevado.

Conclusión

Los autores bíblicos estuvieron limitados en su expresión. Debían concentrarse en la información esencial y evitar las repeticiones. Así, al leer un Evangelio, se tiene a veces la impresión de que faltan algunos detalles, pues el autor consideró inútil repetir lo que otro ya había escrito.

Quizá haya también otro aspecto que considerar: el mensaje de cada Evangelio forma un todo. La demostración que el autor desea hacer solo es válida si leemos la integridad de su texto. Un texto demasiado largo habría podido dividirse en varias secciones para facilitar la copia, pero en ese caso el propósito del autor habría sido más difícil de comprender.

Era, pues, imperativo redactar un texto corto, pero lo más exhaustivo posible. Mateo y Lucas parecen haber alcanzado la longitud máxima, con 1071 y 1151 versículos respectivamente. Marcos tiene 678, mientras que Juan tiene 879. Si contamos el número de páginas en una traducción Segond, sin notas, obtenemos la misma proporción: 41 páginas para Mateo, 43 para Lucas, 32 para Juan y 26 para Marcos.

Nos encontramos, pues, ante relatos cortos, lo que nos lleva a concluir que estos autores hicieron todo lo posible por ser lo más concisos posible, dadas las limitaciones técnicas de la época, que exigían que estos escritos pudieran difundirse ampliamente y con facilidad.